Bajocero: Estado límite

· Crítica de Bajocero | Estreno 29 de enero de 2021 en Netflix.

· En el mero entretenimiento cinematográfico de la película se echa en falta algo más de profundidad. Más peso del guion, mayor verosimilitud en pasajes clave, mejor modelado de los personajes.

Lluís Quílez (1978) es otro joven director español aspirante a labrarse una carrera internacional, por caminos y modos afines a los de Jaume Collet-Serra (1974) -que en verano estrena Jungle Cruise– o Juan Antonio Bayona (1975). Sus dos largos y cinco cortos -uno de ellos, Graffiti (2017), ganador de su correspondiente Goya y candidato al Oscar- son producciones de factura tan cuidada como convencional, asequibles para un público amplio. Su territorio, el cine de género, sazonado con pizcas de temática social, unas veces lindante con el llamado ‘fantástico’, el futurismo, el terror; otras, como en Bajocero, con la ‘acción’, el suspense… Su referencia, dicho cine norteamericano y aquí también su homólogo nórdico, émulo a su vez (y a priori) de aquél.

Bajocero es una película muy técnica, elaborada con una esmerada fotografía, diseñada con la intención de ofrecer casi dos horas de mera evasión. Transcurre durante una noche y la mañana que la sucede, acotación temporal que determina su factura: dominio de los interiores a lo largo del preponderante intervalo nocturno; de los exteriores en el desenlace diurno. Se diría que pretende impregnar la Castilla filmada (madrileña, segoviana, sienense) de una atmósfera gélida, que acaso pueda recordar a las Minnesota y Dakota del Norte de Fargo (1996), de Joel Coen, o a la Noruega de Uno tras otro (2014), de Hans Petter Moland, por poner dos ejemplos de suspense invernal, representativos también de las filmografías citadas.

De ahí la fría iluminación artificial, la reducida gama de blancos, cobrizos, metálicos, plateados… de cubículos cerrados y localizaciones; pero también la niebla, el vaho, el agua, tan habitual en el cine de Quílez. Fiel éste a sus querencias escenográficas, en Bajocero vuelve a componer ambientes expoliados, desolados a veces, en los cuales visualidad e imagen predominan sobre palabra y diálogos.

Como es lógico, también en el mero entretenimiento cinematográfico de Bajocero se echa en falta algo más de profundidad. Más peso del guion, mayor verosimilitud en pasajes clave, mejor modelado de los personajes, más gradualidad en la resolución del relato, desarrollo en los interesantes bosquejos de fondos planteados en torno a temas mayores, tales como pasado personal, aplicación de ley y justicia, talión y venganza, reinserción, impunidad, etc.

Dichas escaseces serán admisibles para cuantos se avengan a entrar en el juego, asumiendo ese viejo patrón de conducta planteado por Samuel Taylor Coleridge hace más de dos siglos: ‘suspender la incredulidad’ de manera deliberada, aceptando, creyendo, disculpando un arte mermado. Cuestión no menor, desde luego.

Para terminar, unas palabras sobre el título. Visto lo visto, un ‘bajocero’ no es tanto un neologismo con que designar un fenómeno físico (similar a ‘aguacero’), cuanto un concepto semántico revelador de un estado límite: el de la fractura sobrevenida cuando es rebasado el umbral de resistencia y aguante material, personal, social… Como el del hielo sometido a demasiada presión.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Isaac Vila
  • Montaje: Antonio Frutos
  • Música: Zacarías M. de la Riva
  • Duración: 105 min.
  • Público adecuado: +16 años
  • Distribuidora: Netflix
  • España, 2021
  • Estreno: 29.1.2021
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Reseña
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Licenciado en Geografía e Historia (especialidad Historia del Arte) y Diplomado en Estudios Avanzados de Historia del Arte. Autor del libro “John Ford en Innisfree. La homérica historia de ‘El hombre tranquilo’ (1933-1952)”