Cafarnaúm

Zain, un niño de los barrios miserables de Beirut, demanda a sus padres por haberle dado la vida

Cafarnaúm (2018)

Cafarnaúm: La voz de los descartados

Nadine Labaki se disponía a escribir su tercer largometraje. Al reunir todos los temas e inquietudes que quería abordar, le brotó una frase coloquial: «esto es un Cafarnaúm». La expresión se utiliza en árabe -haciendo referencia a la ciudad en que Jesucristo vivió, y a la que maldijo- cuando algo es un desastre, una mezcla de cosas inconexas, un caos.

Labaki es una directora, actriz y activista de origen libanés. Creció en el contexto de la guerra del Líbano y desde que comenzó su carrera se ha centrado en contar historias locales de su país, siempre con un tono costumbrista y un matiz de denuncia social, aunque nunca tan explícito como en esta película. Cafarnaúm parte de una premisa tan dura, que resulta paradójica: Zain, un niño de los barrios miserables de Beirut, demanda a sus padres por haberle dado la vida.

Cine de reclamo social

¿Cómo llega un niño de doce años a semejante situación? Eso es precisamente lo que la película, a modo de flashbacks, pretende contar. Zain, el mayor de varios hermanos, creció sin poder ir a la escuela y ayudando a su familia para comer, ya sea trabajando en una tienda cercana, o fabricando con ellos drogas baratas a partir de medicamentos diluidos. Con su hermana Sahar sueñan con una infancia mejor. A pesar de los intentos de Zain de ocultar que su hermana, de once años, ha empezado con cambios hormonales, sus padres acceden a que Sahar se case con el tendero local. Es entonces cuando Zain huye de su casa y termina viviendo con una inmigrante ilegal africana que se apiada de él, y de cuyo bebé Zain termina por hacerse cargo -o intentarlo- cuando ella es arrestada.

Estamos ante un filme de denuncia, a pesar de ser una historia de ficción. Al modo del más puro estilo neorrealista, Labaki basa el guion en anécdotas de personas reales recogidas por ella, y optó por actores no profesionales, muchos de los cuales vivieron esas mismas situaciones o parecidas. Así recuerda a lo que hiciera Roberto Rosellini en Paisà (1946), centro de su trilogía neorrealista, donde de las mismas experiencias de los no actores surgió el guion.

El protagonista se llama también Zain en la vida real, aunque es un inmigrante sirio, a diferencia de en la película, en la que es libanés. Un largo casting le permitió a la directora dar con este niño, que ocupa prácticamente todo el tiempo de pantalla y es un imán de emociones, a veces una víctima lastimosa, a veces un pequeño adulto, desilusionado o enfurecido. El pequeño Zain vive una dolorosa historia de maduración, una especie de bildungsroman de miseria, que termina por convertirlo en alguien que no le teme a nada, lo que se suma a su carácter rebelde y aventurero. Su personalidad recuerda al protagonista de Los 400 golpes (1959), y como él huye de su casa y vaga por la ciudad, aunque si bien en este caso su necesidad es real y apremiante y no solo interior como en la cinta de François Truffaut. Este carácter y la maduración temprana del personaje resulta necesaria para hacer un poco congruente su intención de demandar a sus padres.

Un mosaico de miseria

La estructura narrativa acompaña el viaje de Zain, con un primer acto en el que se le ve en su entorno familiar hasta que huye después de que su hermana sea entregada al tendero. El segundo acto consiste en las vicisitudes del protagonista por su cuenta, y es donde se introduce a la otra protagonista: Rahil, una africana sin papeles que realiza distintos trabajos para alimentar al bebé que esconde. Como una moderna Fantine, esta mujer intenta defender a su bebé del tratante de personas que se lo quiere comprar, a la vez que distintas complicaciones la van orillando hacia la desesperación ocasionada por un sistema perverso ante el que tiene todo que perder, como mujer, como inmigrante, como madre soltera.

Otros personajes completan el tapiz social que rodea al protagonista. El anciano que se viste de superhéroe, hombre-cucaracha, para amenizar un decadente parque de atracciones. La niña inmigrante siria, risueña y soñadora, que vende todo tipo de productos con la ilusión de mudarse a Suecia. Los voluntarios de la clase alta que aparecen haciendo obras de caridad en favor de los desfavorecidos. En contraste con los traficantes de personas y otras alimañas que se aprovechan de la condición de necesidad de estos personajes descartados por la sociedad.

El tercer acto sitúa a Zain en situación límite, sin casa, sin ingresos y a cargo del bebé de Rahil. Con intención de salir del país decide volver a su casa en busca de sus papeles, para descubrir que nunca tuvo unos -es, pues, un indocumentado en su propia patria- y encontrarse con la fatalidad. Con astucia narrativa, la trama empieza con el protagonista arrestado y demandando a su vez a sus padres, para ir desvelando poco a poco los hechos que lo pusieron en esas condiciones, los cuales no se conocen sino hasta el último acto.

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El estudio crítico completo de esta película se encuentra en el libro Cine Pensado 2019, que puedes adquirir en este enlace:

Ficha Técnica

  • Fotografía: Christopher Aoun
  • Montaje: Konstantin Bock, Laure Gardette
  • Música: Khaled Mouzanar
  • Duración: 126 min.
  • Público adecuado: +16 años
  • Distribuidora: Caramel
  • Líbano (Capharnaüm), 2018
  • Estreno: 15.2.2019
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Reseña
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Licenciado en Filología Hispánica y en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra. Desde 2016 es director de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Panamericana (Ciudad de México), donde ha impartido asignaturas de Cine, Narrativa Audiovisual y Comunicación Escrita
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