Cazadores de mentes: Agatha Christie nunca muere…

Cazadores de mentes es una de esas películas -una más- de asesinatos en serie realizados por un malo omnipresente y todopoderoso que aterra y va liquidando de manera uniformemente acelerada a un grupo de tipos confinados en un lugar opresivo, en este caso una isla. Los sufrientes, según el canon hollywoodiense, se presentan como intelectuales que afrontan el peligro voluntariamente, comportándose en todo momento como descerebrados en una perpetua edad del pavo.

En una remota isla del Pacífico, el FBI (si su prestigio está por los suelos, con estas películas la cosa no mejora sino casi lo contrario) mantiene un programa secreto llamado Mindhunters, que sirve para entrenar agentes en la caza de asesinos en serie. Pero surge un imprevisto (el FBI no sabe vivir sin imprevistos) y lo que iba a ser un ejercicio se convierte en una pesadilla, aaaaahhhhh, uuuuhhhhh.

Sí, en efecto, otra vez el clásico argumento de los Diez negritos de la muy solicitada Agatha Christie, prácticamente calcado, al que se añade parafernalia (tripas, sangre, imágenes macabras, aparatitos de alta tecnología) y ambientillo de academia de policía con candidatos marcados por su pasado. Renny Harlin (tercer director al que propusieron dirigir el proyecto) hace su trabajo y los actores también. De algo hay que vivir.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Robert Gantz
  • Montaje: Neil Farrel, Paul Martin Smith
  • Música:Matt Dunkley, Tuomas Kantelinen
  • País: EE.UU./Reino Unido/Finlandia
  • Distribuidora: Aurum
Suscríbete a la revista FilaSiete por sólo 32€ al año
Reseña
s
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor