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Cuento de otoño

He vuelto a comprobar el interés que despierta Rohmer en profesores y estudiantes universitarios. Muchos de los que me acompañaban en la sala lo eran, o al menos así me lo pareció por el contenido y la ubicación de sus comentarios sotto voce, de sus risas breves, comedidas, inteligentes.

Rohmer (Nancy, Francia. 1920) se toma las cosas con mucha calma para contarnos otro cuento, el que cierra su serie de las 4 estaciones. Al viejo superviviente de la Nouvelle Vague (sigo teniendo muchas reservas a la hora de sacrificar la singularidad del Cahierista Rohmer al patrón común de un grupo para mi excesivamente heterogéneo del cine francés) le apasiona filmar a personas que hablan al aire libre de una Francia, que ama con encendimiento poético exento de chauvinismo. Rohmer sigue experimentando con la sintaxis cinematográfica optando decididamente por la palabra bien dicha, por el diálogo ágil, liviano. El cine del autor francés enriquece sus maneras teatrales con las ventajas de un primer plano, de un sonido que permite la percepción de una confidencia dicha en un susurro, evitando la declamación imprescindible en el teatro. Y es que Rohmer ha sido y sigue siendo un teórico del lenguaje, de la narratología, de la estética.

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Se repiten en este cuento otoñal largos paseos de palabras dichas con una naturalidad cautivadora. Una naturalidad que ha fraguado en un guión madurado a lo largo de diez años de horno a fuego lento. Al igual que en los tres cuentos estacionales restantes, Rohmer nos pasea con una delicadeza llena de encanto por una historia de un decidido minimalismo, un enredo amoroso de encuentros y desencuentros que permite una reflexión ética y moral sobre los sentimientos y las motivaciones vitales de dos mujeres maduras de la Dulce Francia. Sorprende la frescura y jovialidad de los intérpretes, que tienen una belleza interior que se va desplegando a ritmo pausado, al ritmo del diálogo sin prisas, al calor de palabras de demora. Las localizaciones en el valle del Ródano son vitales porque Rohmer dice proceder de este modo: 1º: La idea, la historia. 2º: La historia se localiza y se vuelve argumento. 3º: Paisaje, personas y argumento dan lugar a la construcción de los diálogos que constituyen la estructura esencial del edificio de la película.

La sutileza de esta película es similar a la de una breve pieza musical para tres instrumentos femeninos de cuerda. Mucha belleza y hermosura, física y espiritual, madura y juvenil, en el recital de las actrices de Rohmer: Marie Riviere (la madura librera, esposa y madre, Isabelle), Beatrice Romano (la viticultora viuda, Magalí) y la joven Alexia Portal (la deseada, voluble y maquinadora Rosine). Paradójicamente estamos ante una película de 110 minutos donde la música solo aparece en los últimos tres minutos, cuando empiezan a aparecer los títulos de crédito: tres minutos de letra y música que son un compendio de la lección, antes de que el profesor abandone el aula y se despida de nosotros, los alumnos, con un “seguiremos mañana”. La Cátedra del viejo profesor Rohmer, del Departamento de Belleza del Mundo Cotidiano, sigue abierta.