Drive


La incursión del danés Nicolas Winding Refn en el cine norteamericano tiene un cartel de lujo y una apariencia llamativa que encandiló en Cannes y San Sebastián. ** ½

DRIVE, 2011 País: EE.UU. Dirección: Nicolas Winding Refn Guión: Hossein Amini Fotografía: Newton Thomas Sigel Montaje: Mathew Newman Música: Cliff Martínez Intérpretes: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Christina Hendricks, Ron Perlman, Bryan Carnston, Oscar Isaac 100 m. +18 años (varias secuencias de violencia, sexo) Distribuidora: Disney Estreno: 25.11.2011 

Un cuarteto magistral con sobredosis de estilo

Un conductor que de día hace de extra en pe­lículas y de noche hace trabajos sucios y anó­nimos es el protagonista de esta historia (Ryan Gosling). Su frialdad vital se tam­balea cuando aparece Irene (Carey Mulligan), una mujer casada con un musul­mán encarcelado.

Ganadora del premio al mejor director en Cannes y aplaudida en la Sección Zabalte­gi del último festival de cine de San Sebas­tián, Drive es una película llamada a ser elo­giada o discutida en términos radicales. Sal­vando las distancias, le sucede algo pare­cido a El árbol de la vida de Malick, la otra ganadora de Cannes. Las dos son pelícu­las de marcado sello personal, de un esti­lo visual que desde el primer plano preten­de ser diferente. Hasta ahí, todo perfecto. Se agradece que haya riesgo e intentos de salir de las rutinas cinematográficas del mo­mento. El problema es cuando la forma aho­ga a los personajes y a la propia historia. Algo que, en mi opinión, sucede en las dos películas.

Drive comienza con unos títulos de crédito de color rosa sobre fondo negro. Casi na­da. Por si fuera poco, empieza a sonar músi­ca electrónica de corte ochentero; la músi­ca la firma Cliff Martínez, pero la mayoría de los temas son de grupos actuales co­mo Desire, The Chromatics o Co­lla­ge Feat. Mien­tras tanto aparece Ryan Gos­ling (un ac­tor enorme pero que en mi opinión desde Lars y una chica de verdad no ha acer­tado con la elección de sus personajes). En­fun­da­do en una cazadora dorada con un es­corpión cosido a su espalda, al protagonis­ta de la película se le suman tres actores con mucho talento: Carey Mulligan (An edu­cation, Nunca me abandones), Christi­na Hen­dricks (la Marilyn Monroe pelirroja de Mad Men) y Bryan Carnston (el profe­sor de quí­mica protagonista de Breaking bad).

Por si fuera poco, el guionista es el iraní Ho­ssein Amini (Jude, Las alas de la paloma). Con estos mimbres, está claro que la pe­lícula tenía que brillar y en realidad hay mo­mentos logrados en los que parece que es­tamos ante una obra importante. Pero co­mo bien dice uno de los críticos de The New York Times, estamos ante una película “prisio­nera de su propio vacío”. Y es que efecti­vamente los personajes y la historia de Dri­ve son un constante dejavu apoyado en mi­radas eternas, silencios y constantes ralen­tizados. Los actores hacen todo lo que pue­den pero hay demasiadas escenas que no dejan de ser retazos de un estilo prestado de los Scorsese o Tarantino con algunos apor­tes del lenguaje publicitario (el beso en el ascensor no deja de ser un anuncio de chi­cles que dejan buen sabor de boca), que no esconden un vacío enorme en el esquele­to y el músculo del argumento.

El tramo final es especialmente denso y pre­tencioso con planos ultraviolentos y esce­nas artificiosas: la teatralizada y exhibicio­nista matanza en el prostíbulo, el afecta­do uso de sombras y luces en el clímax del parking… Si a eso se une que la relación de Carey Mulligan con el musulmán re­sulta bastante inconcebible, la cinta aca­ba resultando más que brillante, llamativa.

Unos dirán que es una obra de arte, otros que se trata de mostrar el vacío existencial… Para mí es el largometraje de un direc­tor que ha decidido entrar pisando fuer­te. Y lo ha conseguido. Tiene previsto el estre­no de tres películas en los próximos me­ses: dos con Gosling y una con Carey. Me pa­rece que un sector de la crítica se ha pues­to de rodillas con excesiva velocidad. Veremos…

Claudio Sánchez


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