El año del diluvio: Escayola

Como escritor digo que si acaso me encargaran y yo aceptara -no lo creo- escribir una novela sobre, por ejemplo, la vida en un seminario budista, me vería obligado a informarme bien, muy bien, hasta conocer aquello a fondo. Pues eso es lo que le falta a El año del diluvio: información. Director y guionista no parecen saber bien de qué hablan, no conocen el asunto. La novela -ya muy guión, y también muy light– salvaba el tipo con la ironía y el humor, que distancian, y porque Mendoza escribe y cuenta muy bien.

La película no está ni bien escrita ni bien contada. Es lenta por falta de intensidad, y pretendidamente idílica, y su lírica no llega a hacer contraste, ni brusquedad siquiera, con otra pretensión: un drama de amores entre un rico sin conciencia y una Madre Superiora demasiado segura de sí misma -así han querido crearla-. En realidad, demasiado loca para una madre superiora real. Menos mal que no se ve la escena del sofá (que no es como la de doña Inés y don Juan), a pesar de que tenían una cama allí mismo.

Ya desde el comienzo la historia lanza un tufo de cosa falsa: no es creíble que la susodicha Superiora del convento se presente, y sin aviso previo, en la finca del rico con el fin de pedirle dinero para su hospital. En pleno verano, y por el camino del monte, ella va una y otra vez a él, y él va -en automóvil- una y otra vez a ella, hasta que el cántaro se rompe. Es un verano de sequía. Roto el cántaro, queda aún más machacado con una peripecia de maquis de pesadilla. Pero la Superiora salva todas, ¡todas!, las apariencias de rectitud. (Una excepción a esta falsedad: el buen trabajo de Darío Grandinetti, de Ginés García Millán y de Pepa López).

La película salta unos 30 ó 40 años: la monja, ya vieja -ha levantado hospitales por todo el mundo-, se muere. Tiene una confidencia con el médico: le dice que se ha confesado mil veces (mil, dice) de su pecado, pero que nunca se ha arrepentido; si ha soportado su hipócrita vida de monja fingida ha sido sólo por el recuerdo de cómo se le rompió el cántaro.

¡A otro con ese cuento! Este gato maúlla demasiado para que pueda pasar por liebre. Hay que ser muy don Ramón Mª del Valle Inclán para poder escribir Sonata de Primavera u otras historias de perversidad y de traición al amor divino: ésta de la película -y la película misma- es más falsa que un judas de escayola.

Ficha Técnica

  • Argumento: novela homónima de Eduardo Mendoza
  • Fotografía: Jaime Peracaula
  • Montaje: Ángel Hernández Zoido
  • Música: Carles Cases
  • País:Francia, Italia, España
  • Año: 2004 
  • Distribuidora: UIP
Suscríbete al newsletter semanal de FilaSiete