El aviador

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el aviador

Dirección: Martin Scorsese Guión: John Logan Fotografía: R. Richardson Montaje: Thelma Schoonmaker Música: Howard Shore Intérpretes: Leonardo Di Caprio, Cate Blanchett, Kate Beckinsale, John C. Reilly, Alan Alda, Alec Baldwin Distribuidora: Fox

EE.UU., 2004. Estreno en España:14.01.2005

Scorsese remonta el vuelo

Howard Hughes, nacido en Hous­ton (Texas) en 1905, murió cuando vo­laba hacia Acapulco en 1976. Hijo único, a los 18 años había perdido a sus padres: Howard, un ingeniero inventor de un taladro para extraer petróleo, y Allene, una acaudalada heredera de Dallas. Tras una batalla legal, consigue que los tribunales le reconozcan la capacidad (no había cumplido los 21) para hacerse cargo de la dirección de Hughes Tools, la multimillonaria empresa pa­terna.
Atraído por el cine y por los aviones, en 1930, reciente aún el “crack” bursátil, estrena Ángeles del infierno, una película bélica en la que se gasta la asombrosa cifra de 3,8 millones de dólares. Tras una azarosa producción, la cinta triunfa en la taquilla y le da fama. Po­co después, en 1932, funda Hughes Air­craft, una legendaria empresa aeronáutica que le permitirá batir, en 1935, el récord mun­dial de velocidad y, en 1938, dar la más veloz vuelta al mundo.

En 1939, Hughes se hace con el control de la TWA, mientras sigue su actividad como pro­ductor en Hollywood, fabricando -a la ma­nera artificiosa de la industria californiana- estrellas como Jean Harlow y Jane Ru­ssell, y viviendo romances con estrellas del calibre de Katharine Hepburn y Ava Gard­ner. Después vendrán nuevos prototipos de aviones, su participación en la industria del armamento en la II Guerra Mundial, enfrentamientos con sus rivales y un gravísimo acci­dente aéreo en 1946, cuando probaba un avión espía diseñado por su empresa. En 1948, después de producir títulos mayores co­mo The front page y Scarface, se hace con la dirección de la RKO, de la que pronto se desentiende. En 1966 vende sus acciones en la TWA y se traslada a Las Vegas, donde ha­bía hecho grandes inversiones inmobiliarias. Vivirá recluido hasta su muerte, padeciendo algún tipo de enfermedad mental degenerativa que antes se había manifestado en episodios de trastornos obsesivo-compulsivos y pa­ranoia.

Después de esta semblanza es fácil comprender el interés de Martin Scorsese por lle­var al cine la vida de Hughes, uno de esos viajes de héroe en la cuerda floja que tanto le gustan, con brillo de lujo y lentejuelas, sí, pe­ro también con descenso a los infiernos, con una soledad estremecedora y las consecuencias de una vida de excesos, también en el terreno sexual.

Con un vigoroso guión de John Logan (RKO 281, Gladiator, El último samurai), el director neoyorquino compone un fresco verdaderamente subyugante sobre un per­sonaje que se mueve entre la genialidad y la excentricidad, con zambullidas (más breves y contenidas que en títulos anteriores) en ese lado oscuro tan del gusto de Scorsese (aquí son las fobias de un personaje que se mue­ve en la línea de sombra, obsesionado con perder la cordura, corroído por la sífilis desde los años 30, obsesionado con los gérmenes y enclaustrado en condiciones patéticas durante los últimos años de su vida). El ni­vel interpretativo, las calidades de fotogra­fía, planificación, montaje, música y diseño de producción son sencillamente fascinantes.

Después de varias películas muy irregulares, Scorsese contiene su megalomanía fílmica pero no su tendencia a la mitomanía (vuelven a sobrar muchos minutos de metraje y se mantiene un egoísta ensimismamiento esteticista), y se somete a una narración hasta cierto punto convencional, demostrando, con to­do y nuevamente, que es un director más de historias que de argumentos, sinuoso, barroco y expresionista. Scorsese trata las situaciones dramáticas (el estreno de Ángeles del infierno o la comida en casa de los Hepburn) con una brillantez apabullante, en la que mucho tie­nen que ver el impagable trabajo de un equi­po técnico en el que cabe destacar a Ro­bert Richardson, director de fotografía de Kill Bill, JFK, La cortina de humo, Platoon y Wall Street, y al canadiense Howard Shore, autor de la música de El Señor de los Anillos, Ed Wood y El silencio de los corderos. Fe­rre­­tti, LoSchiavo y Powell logran que el diseño de producción, los decorados y el vestuario sólo admitan adjetivos de grado superlativo. Este proyecto, que inicialmente iba a dirigir Oliver Stone, puede suponer para Scor­sese el hasta ahora negado reconocimiento en forma de Oscar. Cabe pensar que para lograrlo, el director de Taxi driver ha pasado de puntillas sobre los sombríos años finales de Hughes y también sobre su compleja e inestable vida privada, cuyas consecuencias fueron probablemente mucho más terribles que las que retrata Scorsese. Como en ca­si toda su filmografía, falta humanidad y vue­lo en sus personajes, sometidos a un estereotipo de ampulosidad operística, que renuncia por motivos obvios a acercarse a la co­tidianidad de un hombre que -aunque no se diga- se casó tres veces y no fue persona especialmente equilibrada, sino más bien muy es­quivo y lleno de rarezas. Aunque se contenga y la película sea menos turbia y tremendista de lo que cabía esperar, no deja de estar presente ese punto característico de corrupción y decadencia fatalista, de frustración, de basura debajo de la alfombra. Si se quiere, Scorsese usa las herramientas del bio­pic para ocuparse, con la unción cuasi-religiosa que le es característica, de una época y de unos ambientes que le fascinan por lo que entrañan de lucha por el poder, con presencia recurrente de tumultuosas pasiones.

No le vendrían mal a Scorsese varias estatuillas porque la película no ha funcionado bien en la taquilla norteamericana y me parece que en el resto del mundo, no muy familiarizado con la vida de Hughes. Puede entusiasmar a los cinéfilos, pero quizás no logre interesar al espectador de a pie. Desde luego, si el respetable acude atraído por el brillo de las estrellas, no se sentirá defraudado: Di Ca­prio, Blanchett, Alda, Beckinsale, Reilly, Bald­win, Law y los demás vuelan alto, tan alto como los estilizados aviones de Hughes.