El bosque

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El bosque

Dirección y Guión: M. Night Shyamalan Fotografía: Roger Deakins Montaje: Christopher Tellefsen Música: James Newton Howard Intérpretes: Bryce Dallas Howard, Joaquin Phoenix, Adrien Brody, William Hurt, Sigourney Weaver Distribuidora: Buena Vista

EE.UU., 2004. Estreno en España: 24.09.2004

Los tres pies del gato

El sexto largometraje de Shyamalan es una señora película. Empiezo así, alto y claro, porque me parece que algunos espectadores y críticos han juzgado el último trabajo del director de El sexto sentido de manera apresurada, quizás influenciados por el equívoco título español con que se distribuye una cinta que es algo más, bastante más que una película de suspense. No es nuevo el interés de Shyamalan -que coincide con el modus operandi de Hitchcock– por ahondar en las relaciones interpersonales de personajes co­munes sometidos a situaciones de excepción, en las que generalmente se introduce un elemento que desafía las leyes de la lógica (la capacidad de ver a muertos, la in­vulnera­bili­dad de un tipo común, unas extrañas señales en unos campos de trigo) co­mo punto de giro de argumentos intensamente psicológicos (cfr. el capítulo de J. M. Ares­té sobre Shyamalan en el libro Breve encuentro).

A finales del siglo XIX, los pobladores de una villa en mitad de un valle rodeado de mon­­tañas viven en una armonía horaciana que tiene mucho de voluntaria clausura. Un bosque cercano es el non plus ultra, el lugar prohibido, el enemigo al acecho que se agiganta por el desconocimiento, el tenebroso te­rritorio en el que habitan agazapados “Aque­­llos de quienes no hablamos”.

El bosque cuenta una historia de aislamiento, una metáfora de notable profundidad, muy pensada, muy bien escrita, muy bien rodada y montada, con un diseño de producción (de Tom Fonden) sencillamente envidiable. El esmero técnico e interpretativo de este filme de atmósfera inquietante y lírica es -para alguien que entienda un poco de lenguaje cinematográfico- sencillamente arro­llador, y se pone al servicio de la coherencia narrativa de un relato arriesgado, nada que ver con ese cine norteamericano que pa­sa por la cabeza exigiendo un mínimo consumo de actividad cerebral.

Shyamalan, que ha cuajado un motto personal intenso y perfectamente reconocible, se atreve con una historia que crece en los orígenes de una nación, que es como es porque ha sido como ha sido. Cualquier planteamiento simplón apelaría aquí al lugar común del americano simplón, dominado por miedos y neuras pueriles. El asunto es com­plejo y casi seguro fascinante, para quien quiera meterse en una intrincada floresta, entreverada -para empezar- de política, econo­mía, sociología, antropología y religión.

De todo esto habla, a mi modo de ver, de forma inteligente y subyugante una película hermosa, que se ve con interés directamente proporcional a la capacidad del espectador pa­ra buscar el tercer pie a un gato que parece doméstico, pero que tiene mucho de montés. Lo dice uno que se apresuró en su juicio de anteriores películas de Shyamalan.