El cielo gira

Dirección: Mercedes Álvarez Guión: M. Álvarez, Arturo Redin Fotografía: Alberto Rodríguez Montaje: Sol López, Guadalupe Pérez Intervención: Pello Azketa, Antonino Martínez, Silvano García, José Fernández, Cirilo Fernández, Josefa García, Milagros Monje, Elías Álvarez, Crispina Lamata Distribuidora: Wanda

España, 2005. Estreno: 13.05.2005

Eterna estrofa olvidada

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Desde el primer fotograma, esta película desprende pasión. Mercedes Ál­­varez retrata -en un ejercicio a me­dio camino entre el informe antropológico y el lienzo impresionista- los usos, habitantes y paisajes de Aldeaseñor, su pueblo natal. Lo cierto es que la suya es una carrera contra el tiempo: a día de hoy tan sólo quedan catorce habitantes; una serie de nuevas edificaciones amenaza, a su vez, con cambiar para siempre el paisaje de este pequeño enclave de los páramos altos de Soria. Compartirá la directora su propósito con otro de los personajes del fil­me -el pintor Pello Azketa-, y junto a él tra­­tará de capturar esa imagen primera del mun­do caracterizada por el silencio y la inocencia.

Resulta muy difícil comenzar esta crítica. Álvarez ha aprendido su oficio junto a José Luis Guerín -fue la editora del documental En construcción-, y eso dice mucho a su favor. El cielo gira posee esa fascinación por lo frágil, la misma predisposición a buscar lo fantástico en las cosas cotidianas; la cámara trabaja sin prisas, y nunca se conforma con la primera impresión.

Este gusto por la contemplación confiere una dignidad a las personas y los objetos muy infrecuente en nuestras pan­tallas, acaso demasiado influidas por las técnicas de acoso y derribo propias del reportaje televisivo. En otras palabras: la opera prima de esta cineasta bebe de las fuentes más selectas: Jean Rouch, Georges Rou­quier y el propio Guerín constituyen tres ejemplos traídos a vuelapluma.

Por este motivo -porque la directora ha tenido la valentía de ponerse el listón muy al­to- es necesario hacer algunas puntualizaciones. Sin duda, la parte más importante del tra­bajo documental es la que se realiza sin la cá­mara: convivir, en cierta medida, con el ob­jeto que se pretende retratar, y adquirir así la empatía necesaria para ir más allá de las apa­riencias. En este sentido, nadie mejor que Álvarez pa­ra hablar del lugar que la vio nacer.

Pero -y he aquí el meollo de la cuestión- da la impresión de que su apasionamiento -hay imá­genes bellísimas- le ha impedido percibir las limitaciones que posee esta realidad: fríamente, no es más que un pueblo -como tan­tos otros de la meseta- que sufre los problemas de­­rivados del éxodo rural. Sus habitantes son fieramente humanos, pero no más que muchos otros que ya han sido retratados tanto en el terreno de la ficción como en el del documental. Cierto es que, en el cine, no existen realidades mejores que otras; hay, en cambio, miradas que saben ver -y la de Álvarez apunta muy alto- y otras que no ven más allá de sus narices. Pero la historia de El cielo gira no justifica las dos largas horas de me­traje, hu­biera bastado con 30 minutos. Es una pena que el largometraje parezca desde ha­ce tiempo el único formato posible. No dudamos de que El cielo gira tenga el tempo ade­cuado en la cabeza y en el corazón de su crea­dora, pero quizás pueda arrastrar a bastantes espectadores bien dispuestos hacia el pantanoso terreno de la desgana.