El faro: Soledad mirando al mar

· El faro | Estreno 10 de enero de 2020.
· Melville significa conflicto interior, las imágenes y las palabras significan mucho más de lo que dicen, y en el caso presente hay que multiplicar el efecto.

A finales del siglo XIX Ephraim Winslow es enviado a un faro situado en una pequeña isla frente a las costas de Nueva Inglaterra, para ocuparse de las tareas de mantenimiento del mismo, a las órdenes del farero, Thomas Wa­ke. El turno no debe durar más de cuatro semanas. Las condiciones son extremas: mal tiempo, tormentas, tra­bajo duro, soledad y enfrentamiento. «¿Por qué se fue su anterior ayudante?», «No pudo aguantar, se volvió lo­co».

La nueva película de Robert Eggers (La bruja) es, por decirlo en pocas palabras, muy minoritaria. Se trata de un filme en blanco y negro, formato 1.19:1 (pantalla cua­drada, como en el cine silente, antes del estándar ho­llywoodiense 1.37:1), con largos momentos de silencio en los que vemos a cada uno de los hombres ocupado en sus tareas; o momentos de interminable cháchara, cuan­do están juntos en un recinto minúsculo. Si el espec­ta­dor no acepta el envite, abandonará aburrido a los po­cos minutos, pero si se deja llevar por esta apuesta, se­rá seducido por una fotografía bellísima -un alarde de Ja­rin Blaschke, que también fotografió La bruja-, en la que hay huellas de Flaherty, de Dreyer y de Lynch; la ban­da sonora -viento, mar, gaviotas… faro- contribuye a ambientar un drama que, en palabras del autor, debe mu­cho a Melville.

Melville significa conflicto interior, las imágenes y las palabras significan mucho más de lo que dicen, y en el caso presente hay que multiplicar el efecto pues, ade­más, velan un -tal vez más- mito clásico. La tensión apa­rece en el primer diálogo y no deja de crecer. A los cin­co minutos el espectador sabe que «eso no puede acabar bien», pero solo las últimas imágenes dan la clave de to­do el conjunto que hemos visto.

Eggers, cuya Bruja sorprendió por su riqueza expre­si­va y sus silencios, crece varios enteros y muestra nota­ble dominio de los medios expresivos, hace cine puro. Aho­ra bien, como en su película anterior el espectador se pregunta: ¿qué demonios pretendes con esto? Dos gran­des actores, el inefable Willem Dafoe como carica­tu­ra del viejo lobo de mar, y Robert Pattinson (el de Cre­­púsculo), que ha conseguido la mejor interpretación de su vida; actúan con la cara, con la voz, con todo el cuer­po; se miran, discuten -con diálogos de casi analfabe­tos, o con largas parrafadas shakespearianas-, o se mues­tran desafiantes; deliran, se enfrentan a todos los ni­veles, se aprecian, se detestan y este enfrentamiento es todo un espectáculo. Queda al espectador descubrir el sig­nificado final de la fábula/mito, sin lo que una obra for­malmente maravillosa, sabría a poco.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Jarin Blaschke
  • Montaje: Louise Ford
  • Música: Mark Korven
  • Duración: 110 min.
  • Público adecuado: +16 años (VX-)
  • Distribuidora: Universal
  • EE.UU. (The Lighthouse), 2019
  • Estreno: 10.1.2020
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Reseña
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Historiador y filólogo. Miembro del Círculo de Escritores Cinematográficos. Ha estudiado las relaciones entre cine y literatura. Es autor de “Introducción a Shakespeare a través del cine” y coautor de una decena de libros sobre cine.