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El Gran Hotel Budapest

· Historia con todos los ingredientes del mundo fílmico de Wes Anderson 

Curiosa parodia de la historia

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El Gran Hotel Budapest es la octava película de Wes An­derson. Presentada en el pasado Festival de Berlín, re­cibió el Gran Premio del Jurado y algunos críticos no han dudado en calificarla como su mejor producción.

El director texano, en su línea nada convencional, vuel­ve a plasmar una historia con todas las caracterís­ti­cas de su peculiar estilo. La película, ubicada en la ima­ginaria república Zubrowka, situada en Europa Orien­tal, en los años 30-40, cuenta las aventuras acaecidas al misterioso Mr. Moustafá, que pasó de ser el jo­ven auxiliar de botones a dueño del Gran Hotel Budapest cuando conoció al conserje Monsieur Gustave H. Como es habitual en la filmografía de Anderson, la galería de personajes se compone de un puñado de se­res estrafalarios, todos ellos sorprendentes, y con los que la historia adquiere un tono cómico casi siempre, a veces más tierno, a veces soez y picante, a veces ro­mántico y siempre onírico.

Anderson escribió el guión a partir de una idea que tu­vo con su amigo Hugo Guinness, que consistía en ha­cer una película inspirada en otro amigo común, de ca­rácter muy excepcional, con gran facilidad de palabra y un modo muy especial de ver la vida. Al persona­je le añadió la inspiración de las novelas del austriaco Ste­fan Zweig, al que tiene una especial admiración y del que toma la atmósfera de sus novelas, el tono, algunos personajes y sobre todo el personaje narrador, el escritor que va y viene al pasado para contar un relato con un exquisito protagonista que vive en una épo­ca que ya no es la suya (otra vez Zweig).

En medio de unos originales y coloristas decorados que recuerdan desde el Barroco al Modernismo del Art Nou­veau, Anderson cuenta una leve historia de amor y habla de la influencia del nazismo en Europa, reflexiona sobre la nostalgia y el poder de la memoria y pro­voca la risa con sus ridículos personajes. Todo al mis­mo tiempo y en la misma historia, con una cierta ten­dencia a la acumulación y al barroquismo -marca de la casa- que termina por lastrar un poco la película, es­pecialmente en algunos momentos en que la historia se empantana y el libreto pierde el hilo. Es el talón de Aqui­les de El Gran Hotel Budapest. Aunque hay que re­conocer que es un lastre muy llevadero, por dos motivos. En primer lugar, ya lo hemos dicho, por una estética cuidada al milímetro. Todo está elegido con mi­mo: desde los pasteles hasta el colgante de porcela­na que lleva una de las protagonistas, cuidado al deta­lle y elaborado de modo artesanal para la ocasión.

Y en segundo lugar por un plantel de actores magní­fi­co… y apabullante. Los intérpretes -primeras espadas- están además dirigidos con maestría; al fin y al ca­bo Anderson trabaja habitualmente con el mismo equi­po, muchos de ellos amigos y verdaderos fans de es­te peculiar genio del cine.

Sofía López

Sofía López
Sofía López
Profesora universitaria de Cine Español y Estética Musical. Directora Grado Comunicación en Centro Universitario Villanueva