El Havre

Premio de la FIPRESCI en la última edición de Cannes, El Havre nos devuelve al Kaurismäki genuino en una película mayor, que como todas las suyas es pequeña pero grande. ****

LE HAVRE, 2011 País: Finlandia/Francia/Alemania Dirección y Guión: Aki Kaurismäki Fotografía: Timo Salminen Montaje: Timo Linnasalo Vestuario: Frédéric Cambier Intérpretes: André Wilms, Kati Outinen, Jean Pierre Darroussin, Blondin Miguel, Elina Salo, Evelyne Didi 93 m. +12 años Distribuidora: Golem Estreno: 30.12.2011

Un puerto luminoso

- Anuncio -

Películas sobre el drama de la inmigración en Europa hay muchas pero como ésta, nin­guna. ¿Y por qué? Porque su director es Aki Kaurismäki y el cineasta finlandés no se parece a nadie más que a sí mismo, al igual que sus filmes.

Al director de El Havre le gusta hacer ci­ne, o lo que es lo mismo, contar historias con imágenes, y lo hace de una determinada manera que es la única que conoce, porque es un artesano. En este caso es la histo­ria de un hombre, Marcel Marx, que lleva una existencia tranquila en el pueblecito fran­cés de El Havre, entre su bar, su trabajo de limpiabotas y su esposa Arletty, hasta que se cruza en su camino un menor llegado de África que escapa de la policía y busca refugio.

Éste es, en resumen, el argumento. Ape­nas hay tres o cuatro frases que añadir y, sin embargo, casi nada está dicho. Porque lo interesante más que el qué es el cómo. Ahí reside el arte, la gracia de esta película. Kaurismäki utiliza el género de la tragi­comedia para contarnos, en la clave menor de la heroicidad de los sencillos, un cuen­to donde lo más lógico es que sucedan mi­lagros, como en las películas de Capra o Dre­yer. Lo hace con pocos movimientos de cá­mara, un buen montaje y un esteticismo su­perlativo.

En El Havre todo es personaje. Los seres hu­manos, a los que Kaurismäki se acerca con la sinceridad del primer plano; la música, verdadera obsesión del cineasta que siem­pre porta consigo una cesta de discos, y los objetos fotografiados con un colorismo único, que lleva el sello de su director de fotografía habitual, Timo Salminen. To­do envuelto en una atmósfera de realismo poé­tico, heredero de la Nouvelle Vague, con ecos de Melville, Truffaut y Godard.

En el reparto han participado tanto actores veteranos como André Wilms (Marcel Marx) o su musa Kati Outinen, en el papel de Arletty, como otros noveles, e incluso no pro­fesionales, como Chang, el vietnamita; Idri­ssa, el menor de color, o los inmigrantes, muchos sin papeles que ni siquiera figu­ran en los créditos. Todos ellos componen una sinfonía de personajes estrafalarios y de buen corazón bajo la sabia batuta de Kaurismäki.

Como en otras películas del finlandés, la mú­sica tiene un papel diegético. No está ahí por casualidad, ni para ambientar. Está por­que la quieren escuchar los personajes pa­ra animarse o para deprimirse del todo, co­mo el tango de Gardel, Cuesta abajo, o por­que la interpretan generosamente, como el rock de Little Bob, banda que fue famosa en El Havre en los años setenta y que aho­ra vuelve a escena con el fin de reunir fon­dos para Idrissa. Nosotros la escuchamos con ellos, y sentimos lo que sienten ellos al escucharla.

También el cine clásico, del que tantas ve­ces Kaurismäki se ha reconocido deudor, es protagonista principal de este film. En ese sentido, la película se explaya y alcanza unas dimensiones difíciles de acotar. Has­ta Casablanca cabe en El Havre.

No hay moralejas ni sensiblerías en esta pe­lícula. Todo tiene un tono de humor conte­nido e ingenioso, de sentimientos buenos ape­nas expresados, de decisiones valientes que pasan desapercibidas pero que hacen de este mundo desapacible como el cielo de Nor­mandía, algo más digno. Sale uno del ci­ne con una sonrisa en los labios, con ganas de ser mejor persona.

Cristina Abad


Cristina Abad
Cristina Abad
Periodista. Máster en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla