El hijo: Venganza, perdón y paraíso

Un dolor que encuentra límites en un mundo neurótico y un entorno obsesivo donde un padre sufre son los parámetros de El hijo, la última película de los hermanos Dardenne, que en 1999 maravillaron con Rosetta.

Si Rosetta era una fábula moral de dimensiones sociológicas, en El hijo los directores parten de la esencia de la crónica social representada en La promesa, para realizar un análisis antropológico. Los sentimientos, intenciones e ideas que iluminan las acciones del protagonista adquieren tintes literarios, llegando a la depuración extrema de su cine.

Olivier Gourmet encarna al atípico héroe de este filme realista que aboga por la pureza de pensamiento y la sinceridad fílmica. Este punto de partida se convierte en una sincera y coherente declaración de principios. La cámara respira la insatisfacción de Gourmet por escaleras, pasillos y laberintos cargados de emociones. Los planos cerrados que persiguen su nuca y sus aparentemente asépticas miradas, descubren la indefensión y el agotamiento de una vida marcada por la pérdida de un hijo.

Toda la tensión está contenida en una estructura formal de silencios y sensaciones que desprenden grandiosos planos secuencia, movimientos de cámara titubeantes y una planificación brillante que nace de la exigencia del guión. Esta depuración extrema hace que El hijo ascienda al nivel de la poética. El bien frente al mal, la venganza frente al perdón, la penitencia frente al dolor… todo sale y se precipita ante personajes débiles que luchan contra el cínico maniqueísmo social.

El hijo: Un sello inconfundible

Los Dardenne han creado su propio estilo cinematográfico que marca la nueva corriente realista del cine europeo. El filme bebe de la elegante provocación del cine de Jean Vigó y de las sinceras y pasionales relaciones de los personajes de Rohmer, con una alta dosis de suspense al más puro estilo Hitchcock.

El hijo reconstruye un edificio moral de una gran fuerza psicológica que le obliga a romper con los postulados clásicos de estructura narrativa. El duelo al que se enfrenta el protagonista se materializa en una estética austera pero cargada de simbología, reconocida en el último Festival de Cannes con el Premio de la Crítica y el del mejor actor, Olivier Gourmet.

Como dicen sus directores «se trata de la imaginación moral o la capacidad de ponerse en el lugar del otro». Para el espectador es la esperanza y la comprensión con un fondo de incertidumbre y desasosiego. Todo un lujo para ver y sentir.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Alain Marcoen
  • Montaje: Marie-Hèlène Dozo 
  • Distribuidora: Vértigo
  • País: Bélgica
  • Le fils, 2002
Suscríbete a la revista FilaSiete por sólo 32€ al año