· Contención es la palabra clave de un trabajo cuidadísimo en el que no hay sitio para el histrionismo.

El irlandés: Cine enorme a los 77 años

Cualquiera que me haya leído sabe que peleo por ser ecuánime cuando hago crítica de cine. El día en que sea incapaz de poner pegas a una película menos lograda de maestros inolvidables como Ford, Malick, Tourneur, Bresson, Tati, Minnelli, Hawks, Dreyer, Sturges o Green me dedicaré a escribir de otros temas.

Hay películas de Martin Scorsese que no me convencen, otras me parecen excelentes, algunas tienen aspectos que considero logrados mientras otros me resultan deficientes. Es lo que tiene ser crítico de cine: no puedes permitirte ser un fan. Es muy respetable serlo, pero es incompatible con ser crítico de cine. Al menos para mí y para los que trabajan conmigo.

Escribir obra maestra, poner esa etiqueta cada tres por cuatro, en este mundo nuestro de pleonasmos y de actitudes hooliganescas, de adjetivación esdrújula e incontinente hace mucho daño a la credibilidad.

Me irrita profundamente la mitomanía allá por donde campe. La cursilería de los homenajes, la memoria sentimental sensiblera y hueca; los altarcillos del gnosticismo fílmico.

Desde hace muchos años insisto en que el adjetivo en grado superlativo es admisible y conveniente cuando acompaña a un sustantivo analítico, preciso y fundado.

Escribir sobre El irlandés requiere contexto, como lo requiere cualquier buena película (bueno, las malas, también). Con 77 años, Martin Scorsese dirige esta cinta con un talento muy llamativo, hecho de unas renuncias y de una contención que me admiran. Ya antes hizo un ejercicio similar en la excelente Silencio.

La identidad audiovisual de El irlandés me lleva a una película y una serie sobresalientes que tienen mucho en común con el filme que nos ocupa: El año más violento (J.C. Chandor, 2014) y  la miniserie Show me a hero (Paul Haggis, 2015, con guion de David Simon, Lisa Belkin y William F. Zorzi).

Un guion extremadamente sólido de Steven Zaillian, que bebe de un libro de Charles Brandt publicado en 2004, desarrolla una historia que permite al espectador distanciarse de la fascinación por el estilismo del crimen organizado que ha cautivado a tantos cineastas, incluyendo al propio Scorsese.

Esa distancia, la negación de agarraderos empáticos con unos personajes abyectos, es uno de los muchos aspectos que convierten la última película de Scorsese en algo distinto a lo que nos viene contando desde 1967, aunque enmarcada en una evolución propia de cualquier artista que trabaja durante casi cincuenta años.

Contención es la palabra clave de un trabajo cuidadísimo en el que no hay sitio para el histrionismo. Hay mucha historia americana que contar. Ni en la foto, ni en el montaje, ni en el diseño de producción se permiten fruslerías.

Contener a dos histriones como De Niro y Pacino (grandes actores a los que se ha pedido o se ha permitido que hagan de sí mismos durante décadas, con trabajos bordeando el ridículo) es muy elogiable. Están geniales. Lo de Pesci es maravilloso: te corta la respiración.

Un Scorsese al nivel de Silencio, con una hondura antropológica y moral de autor con A grande. Sí, una película magistral.

Ficha Técnica

  • Dirección: Martin Scorsese
  • Guion: Steven Zaillian
  • Fotografía: Rodrigo Prieto
  • Montaje: Thelma Schoonmaker
  • MúsicaSeann Sara Sella
  • Intérpretes: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Jack Huston, Jesse Plemons, Ray Romano, Kathrine Narducci
  • Duración: 210 min.
  • Público adecuado: +18 años (V)
  • Distribuidora: Tripictures
  • EE.UU. (The Irishman), 2019
  • Estreno: 15.11.2019