El pasado [8]

Después del éxito de Nader y Simin, el iraní Asghar Farhadi vuelve a demostrar su arte como paisajista de humanidades

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Dirección y Guión: Asghar Farhadi Fotografía: Mahmoud Kalari Montaje: Juliette Welfling Música: Evgueni Galperine Intérpretes: Bérénice Bejo, Tahar Rahim, Babak Karimi, Ali Mosaffa, Pauline Burlet, Elyes Aguis, Jeanne Jestin, Sabrina Ouazani, Valeria Cavalli Duración: 130 m. Distribuidora: Golem Público adecuado: +16 años

Francia, Italia (Le passé), 2013. Estreno en España: 16.4.2014

Misterios del alma

No es fácil definir el pasado. A veces es un recuerdo, otras, un lastre, un peso, un móvil, una palanca, una causa… o la causa. Y casi siempre, pa­ra el ajeno, un misterio. Y el espectador no deja de ser un ajeno. Un ajeno que irrumpe con la mirada en otras vidas que siempre ve en presente. A partir de esta premisa, el iraní Asghar Farhadi, que convenció con la oscarizada Nader y Simin, re­construye en la pantalla la vida de una familia mar­cada por un hecho del pasado y sus consecuencias en el presente.

Lo que sorprende en El pasado es que Farhadi se aleja de la truculencia o sordidez que rodea es­te tipo de argumentos para poner el acento en la sen­cillez de unas vidas corrientes, que podrían ser las nuestras. El pasado puede venir señalado por la catástrofe o la tragedia pero también por la inercia, el desamor y las pequeñas o grandes men­tiras. O simplemente por el azar, que otros lla­man causalidad.

Estamos frente a una de esas películas que se jue­gan la vida en el cuerpo a cuerpo. Farhadi ha escrito un thriller, con sus malos y buenos, asesinos y víctimas, misterios y resolución del caso. Pero es un thriller que tiene como escenario el al­ma humana. Y ahí los malos son a la vez buenos y los asesinos, víctimas. Y al complicarse, todo se sim­plifica.

Sin que se perciba en ningún momento la batu­ta, Farhadi dirige a unos actores que parece que no volveremos a ver en una pantalla sino en el des­cansillo del portal. Y no por falta de glamour -si hay una actriz glamourosa ésa es Bérénice Bejo– sino por exceso de naturalidad y convicción. En el caso de los niños -esos sí, en la vida y en el cine del iraní, víctimas siempre- esa convicción duele.

Pasé los 130 minutos -muchos- de una película pau­sada y lenta que además vi en francés y subtitulada en inglés sin parpadear, sin atreverme casi a respirar por no acelerar una acción, unos diálogos, un desvelar el misterio, un dolor del alma que per­cibes que necesita su tiempo para revelar­se.

Farhadi ya lo había hecho en Nader y Simin. Aho­ra, sencillamente, ha vuelto a hacerlo.

Ana Sánchez de la Nieta