El planeta de los simios es una película mal contada, sin ritmo, tediosa y hasta soporífera, previsible, infantiloide.

Mejorando lo pasado

El planeta de los simios del californiano Burton, el eterno niño grande en perpetuo estado de homenaje a los hitos afectivos de su infancia, respondía, inicialmente, a dos retos. El primero era no desmerecer de la digna película de Schaffner (1968), y para eso se ofreció el proyecto a James Cameron, Oliver Stone y Schwarzeneger. El segundo, que la Fox siguiese rentabilizando los derechos sobre una marca registrada. Había que ganarse, jugando con las reglas del Hollywood del siglo XXI a una juventud ansiosa de grandes espectáculos.

En lo que a dinero se refiere, la cosa no ha ido mal. Con un presupuesto de 19.740 millones de pesetas, la película recaudó más de 28 mil en tres semanas de exhibición USA. En España, hubo récord de taquilla en el fin de semana del estreno, que hasta ahora ostentaba La amenaza fantasma, de Lucas, de frustrante memoria.

Por lo que se refiere al primero de los retos mencionados, el de la calidad, la cosa no ha ido tan bien. El Burton visionario, gótico y gamberro se muestra espeso, confuso y llamativamente vacío, casi tanto -más- como en esa tontada llamada Sleepy Hollow. Parece como si Burton después de dibujar el storyboard de la película, hubiese comprobado -en pleno rodaje- su dramático error de cálculo al aceptar el proyecto y, horrorizado, se percatase de la inutilidad de los millones y de los esfuerzos de su equipo técnico. Todo para llevar a puerto un barco de deslumbrante arboladura con una bodega repleta de… nada.

El planeta de los simios es una película mal contada, sin ritmo, tediosa y hasta soporífera, previsible, infantiloide. Este juguete caro mueve a reparar en la parafernalia: tanto maquillaje, tanto mohín, tanto trajecito, tanto alarde de barroquismo visual, tanto cielo de aspecto siniestro e inquietante a punto de tormenta, tanta parafernalia técnica… Por supuesto, faltaría plus, Burton no se priva de escanciar el acostumbrado chorreoncito de mordacidad pseudointelectual, supuestamente provocadora y marca inconfundible de su casa: una ramplona parodia sobre la religión que da pereza hasta comentar (¿cómo se puede ser tan simple?).

Los personajes, planos, mal desarrollados, son un ejemplo de lo que hay que hacer para generar despego en el público. En la parcela interpretativa es un poco patético asistir al ridículo recital de un descontrolado Tim Roth, al más puro estilo De Niro: todo tics, bufidos y autoparodia. La dirección de actores de Burton juega en el límite de tolerancia (¿recuerdan a Nicholson y Brosnan en Mars attacks, a Depp en Ed Wood?) y aquí se pasa de rosca. Lo del tal Walhberg es de traca, y nos reafirma en la convicción de que Charlton Heston -por encima de su cariño por los rifles- fue un actor más que solvente.

Ya me perdonarán el tono gótico-sombrío adoptado, a juego con la estética de este icono de parte de la modernidad que reinventa todo o casi todo lo que toca. Se llama Burton, Tim Burton.

Ficha Técnica

  • Argumento: Novela de Pierre Boulle
  • Fotografía: Philip Rousselot
  • Música: Danny Elfman
  • País: EE.UU.  
  • Año: 2001
  • Estreno en España: 31.8.2001
Reseña Panorama
s
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor