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El recuerdo de Marnie

Modesta, conmovedora, imperfectamente disfrutable, la nueva película de Hiromasa Yonebashi ha supuesto el retorno de Ghibli a temáticas juveniles

Marnie

El recuerdo de Marnie: Cuento de una noche de verano

· La película se aleja del mundo fantástico de Miyazaki para ofre­cernos una reflexión sobre la adolescencia y los la­zos afectivos.

La última película de Ghibli -y decimos última porque el estudio ha anunciado el cese indefinido de su pro­duc­ción de largometrajes- inició su andadura en Ja­pón con una polémica interna sobre su póster promocional. La anécdota no hubiera tenido ninguna tras­cendencia si no hubiera sido el propio Hayao Miyazaki el protago­nis­ta de la misma, al alegar que el car­tel de la enigmáti­ca niña de ojos azules y melena ru­bia reproducía un es­tereotipo cursi y pasado de mo­da. El Studio Ghibli es fa­moso por sus inteligentes cam­pañas de marketing, así que no hubiera sido extra­ño que su gerente general, To­shio Suzuki, hubiera idea­do la estrategia para publicitar el filme. Sin embargo, la polémica -ya sea creada o es­pontánea- sirve pa­ra reflejar la posición de El recuerdo de Marnie dentro de la filmografía del estudio japonés.

Aunque basada en una novela inglesa incluida en los 50 títulos indispensables de Miyazaki dentro de la literatura juvenil (When Marnie Was There, de Joan G. Robinson), la obra ha sido la primera de la compañía en no contar con ninguna participación de Isao Ta­­kahata o del propio Miyazaki. Conscientes de la ne­cesidad de un relevo generacional, que en última ins­tancia parece no haberse consolidado, la película se pu­so en manos de Hiromasa Yonebashi, director de Arrie­tty y el mundo de los diminutos (2010), y del jo­­ven Yoshiaki Nishimura, productor tanto de esta co­­mo de El cuento de la princesa Kaguya.

Con unos resultados mucho más modestos que los de la opera prima de Yonebayashi, El recuerdo de Marnie se aleja del mundo fantástico de Miyazaki para ofre­cernos una reflexión sobre la adolescencia y los la­zos afectivos. Dotada de una gran sensibilidad, la obra se centra en las tribulaciones de Anna, una niña de do­ce años con una fuerte sensación de abandono que se odia a sí misma. Su viaje a un pueblecito al norte de Hokkaido (Japón) y su encuentro con la misteriosa Mar­nie harán tambalear los cimientos de su universo. Mar­nie se convierte en su aliada, en su refugio, pero tam­bién en un enigma: ¿es Marnie real? ¿es fruto de la imaginación de Anna?

El guion, firmado por los primerizos Yonebayashi y Ma­sashi Andō -también supervisor de animación del fil­me- junto a la veterana Keiko Niwa (Arrietty), poco de­ja a la imaginación. En realidad poco importa el origen de la enigmática Marnie, la atención se centra en Anna, en sus miedos, en su parálisis, en su dolor. Aquí ra­dica la fortaleza y la belleza de El recuerdo de Marnie, si bien el desarrollo de la narración dista mucho de ser per­fecto con algunos personajes secundarios po­co creí­bles, acciones precipitadas y diálogos forzados. Estas deficiencias se ven compensadas por un cuidado diseño de producción, que continúa la estética clá­sica del Studio Ghibli, en el que destacan sus hermosos paisajes y sus diseños de personajes, si bien debemos dar la razón a Miyazaki en que Marnie roza la cur­silería. La animación, por su par­te, estando a la altura de la compañía ja­ponesa, ve al­go mermada la movilidad de sus segundos y sus terceros términos dentro del encuadre; una de­cisión un tanto sor­prendente que bien puede deberse a un reducido presupuesto o simplemente a la falta de tiem­po.

Con conexiones visibles con Nicky, la aprendiz de bru­ja (1989) en su retrato psicológico sobre el abando­no de la infancia, la segunda película de Yonebayashi le confirma como un director interesante al que seguir la pista, ya sea dentro o fuera del Studio Ghibli.