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El Señor de los Anillos. El retorno del Rey

Dirección: Peter Jackson Guión: F. Walsh, P. Boyens,
S. Sinclair, P. Jackson Fotografía: Andrew Lesnie Montaje: Michael Horton
Música: Howard Shore Intérpretes: Elijah Wood, Viggo Mortensen, Sean Astin, Miranda Otto, Bernard Hill, Andy Serkis, Ian McKellen, Liv Tyler Distribuidora: Aurum

EE.UU./Nueva Zelanda, 2003. Estreno en España: 17.12.2003

Un Fórmula 1 con motor diésel

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Esta película cierra uno de los proyectos más complejos y arduos de la historia del cine. Los lectores de Fila Sie­te pueden rescatar las valoraciones de varias firmas de nuestra revista con ocasión de las dos primeras entregas de El Señor de los Anillos. Me gustaron la segunda y la primera parte, por ese orden de preferencia. La tercera tiene menos nivel. Me explico. Los medios técnicos y artísticos desplegados siguen siendo muy buenos, excelentes incluso, pero el guión hace agua, mucha agua. Es perfectamente comprensible que una adaptación cinematográfica se vea obligada a prescindir de elementos de una voluminosa y muy brillante obra literaria. Lo es también que se altere has­ta cierto punto el orden de los acontecimientos. Pero es descorazonador que se altere tanto el espíritu de un libro tan hermoso, tan humano, tan verdadero.

Jackson, quizás muy ocupado con tanto or­co y tanto monstruíto, ha caído en una pueril y discotequera lectura-montaje del tempo y de la profundidad dramática de la épica de Tolkien, pues El señor de los anillos. El retorno del rey ha llegado al extremo de enmendar la plana al escritor. Es ridículo presentar a Gandalf apaleando al Senescal de Gon­dor, un personaje de gran dignidad que aparece como un perfecto idiota extraído de una TVmovie de serie Z. Es realmente patético el reiterado recurso al trillado discursito yankee en boca de un Aragorn (Viggo Mor­ten­sen) poco creíble, que besa a Arwen en una secuencia pueril que podría encajar mejor en una aventurilla de capa y espada rodada en Alpedrete. En fin, resulta muy cargante el abuso sensiblero de la artificiosa solemnidad de diálogos-discursitos inventados por los chicos de Jackson. Una solemnidad magnificada por un recurso desmedido y facilón a la cámara lenta y a la música de Howard Sho­re (bonita y pegadiza, pero frecuentemente inoportuna y generadora de una sostenida sensación de tedio).

La entrega final de la trilogía tiene magníficas batallas (demasiado largas), una excelente creación de la ciudad-fortaleza de Mi­nas Tirith y un nuevo y conmovedor recital de Gollum, pero es episódica y muy reiterativa. De seguro, muchos echarán de menos las Casas de Curación y la bella historia de amor que allí nace. Otros se sorprenderán de la ausencia de ese momento prodigioso de la entrevista con la Boca de Sauron delante de la Puerta Negra.

Al final, después de los innegables aciertos precedentes, una adaptación poco afortunada del libro tercero (un auténtico Fórmula 1, que es casi imposible abandonar) ha empequeñecido la humanidad de los protagonistas y ha sobredimensionado el componente mágico-folclórico de una historia que en el original tiene un prodigioso equilibrio y una intensidad llena de emociones recias y austeras que Jackson -lo digo con respeto y consciente de la extraordinaria dificultad del reto- diluye a favor de la parafernalia bélica y de una sensiblería boba que remeda la exquisita sensibilidad tolkieniano.

Terminada la aventura, se agradecen los buenos momentos logrados por Jackson, un buen director que no ha sido capaz de cerrar (a poco más, y tiene que venir la Guardia Civil a decir chinpún) esta gran historia con el pulso adecuado.

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor