El señor de los anillos. Las dos torres: Una película para someterlos a todos

El señor de los anillos. Las dos torres. «Yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción». Así escribe Tolkien en la bellísima obertura musical de El silmarillion, reproduciendo las palabras de Erú a los Ainur, vástagos de su pensamiento, antes de la discordancia rebelde de Melkor.

El estreno, hace un año, de la primera entrega de El señor de los anillos vino a demostrar que la adaptación de Jackson estaba sometida a un reto peligroso y habitual: seducir a los espectadores iletrados y no defraudar a los iniciados en la monumental novela de Tolkien. Los 179 nuevos minutos de épica y romanticismo contenidos en Las dos torres revelan que Jackson y su equipo saben muy bien lo que se traen entre manos y no han dudado en rectificar el rumbo de una película muy esperada, que ha consumido 94 millones de dólares, menos presupuesto que la primera (109). Teniendo en cuenta las peculiaridades del rodaje continuado de las tres películas, resulta lógico que no existan cambios en el diseño de producción, que sigue siendo sobresalientemente hermoso y verosímil. Sí sorprende, para solaz de los espectadores, una frescura y agilidad narrativas que imprime a Las dos torres un ritmo que sólo existía en la primera parte (hasta la llegada a Rivendel) de La comunidad del anillo.

Las dos torres tiene en los fascinantes personajes de Gollum y Eowyn los detonantes dramáticos que exigía un guión lastrado por las dificultades inherentes a la adaptación de un libro que tarda en arrancar, porque Tolkien consideró imprescindible que los lectores empanaran pacientemente los filetes antes de echarlos en la sartén. Si buena parte de La comunidad del anillo tenía ritmo diesel, Las dos torres tiene cuore sportivo, la salvaje agresividad de un Ferrari que a duras penas se mantiene pegado al asfalto. Menos contemplativa, más literaria en los diálogos, desbordante de fantasía heroica, la película se pasea por las alturas de los epítetos, y convierte en cine de muchos kilates la obra que C. S. Lewis saludó como «novela heroica, espléndida, elocuente y deshinibida.»

Para lograrlo, Jackson se toma licencias ineludibles y generalmente acertadas, corta aquí y allá, integra los arrebatadores paisajes en la trama, modera la presencia excesiva de la música de Shore, deja crecer a los personajes al ritmo de los adjetivos, que son para Tolkien «el hechizo y el encantamiento más poderoso de Fantasía» (cfr. el imprescindible texto de la conferencia pronunciada por Tolkien en la University of St. Andrews, en 1939, bajo el título «Sobre los cuentos de hadas». En FilaSiete se puede leer la reseña del libro Árbol y hoja, publicado en España por Minotauro, que contiene esa célebre conferencia).

Los que esperan más y mejor no se sentirán defraudados por Las dos torres, una película sólida y vibrante, menos contemplativa que la primera, marcada por la triple peripecia de la novela: los hobbits atrapados por los orcos, sus compañeros afanados en el rescate y el Portador del Anillo y su fiel servidor camino del Monte del Destino.

Ajusten las cinchas de su montura, hagan ejercicios de apertura de boca para enfrentarse al soberbio espectáculo que se nos viene encima. Un mito, que nada tiene que ver con historietas infantiles. «Venido de tiempos olvidados en alas de una canción» llega un cantar de gesta, una película para someternos a todos y atarnos en las tinieblas del patio de butacas.

El arte de Las dos torres

Ficha Técnica

  • Fotografía: Andrew Lesnie
  • Montaje: Michael Horton
  • Música: Howard Shore
  • País: EE.UU./Nueva Zelanda
  • Año: 2002
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Reseña
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor