Elephant

Dirección, guión y montaje: Gus Van Sant Fotografía: Harris Savides Intérpretes: Alex Frost, Eric Deulen, John Robinson, Elias McConnell, Jordan Taylor, Carrie Fínquela, Nicole George Distribuidora: Vértigo SonidoLeslie Shatz

EE.UU., 2003. Estreno en España: 28.11.2003

Le ganó la Palma a Dogville

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Palma de Oro a la mejor película y al mejor director en el último Festival de Cannes, el noveno largometraje de Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, 1952) fue recibido con disparidad de opiniones por el público y la crítica. El jurado dejó fuera del palmarés a otras dos crudísimas películas en torno a la violencia, Dogville y Mystic river. No conviene olvidar que Van Sant viene alternando un cine más convencional (Des­cu­briendo a Forrester, El indomable Will Hun­ting) con otro más personal e innovador en el que se encuadra Elephant, una aproximación reflexiva a la matanza del instituto Columbi­ne. La frialdad y el tono distante usados por el director de Mi Idaho privado y Todo por un sueño exasperó a algunos (por su aspecto de informe clínico) y sedujo a otros (por obli­gar al espectador a extraer conclusiones, obviando concesiones frívolas y logrando una estética muy adecuada).

Lo que inicialmente era un proyecto documental (de ahí quizá una metraje de sólo 80 mi­nutos) sobre el suceso ya abordado por Mi­­chael Moore en Bowling for Columbine, se transformó en película de ficción, avalada por la HBO y con la actriz Diane Keaton co­mo productora ejecutiva. Elephant es una pe­lícula arriesgada, de impecable factura, con un alarde de complejos planos-secuencia y un montaje de altísimo vuelo, enriquecidos con un uso muy inteligente del sonido. El talento visual de Van Sant se pone al servicio de un acercamiento bastante singular a los pro­legómenos del dramático suceso. “No hemos intentado dar una explicación, un sentido, a la violencia del hecho, sino que es el pú­blico el que debe preguntarse por qué cosas así pueden producirse. Mi aproximación a la historia intenta ser más poética que explicativa, sin imponer al espectador una orien­tación sobre lo que debe pensar”.

Es llamativa la ausencia de referentes familiares (no en vano, de los chicos retratados el único que se salva de la masacre ha­bía salido del instituto para interesarse por su padre alcoholizado) y de lo que podríamos lla­mar un horizonte vital abierto a la vida en común. Los chicos que deambulan por las espectaculares instalaciones del instituto tienen de todo, pero parecen fantasmas perdidos en un mundo banal y sin sentido que fomenta el aislamiento y la falta de compasión con el débil. Lejos de cebarse en los aspectos más truculentos de la matanza, Van Sant mantiene una sorprendente asepsia que puede resultar irritante. Es en este punto donde se le puede reprochar al director un retrato exageradamente artificial por lánguido, que estrangula cualquier asomo de humanidad cercana y duradera.

Los planos del sencillo y hermoso cielo oto­ñal parecen querer decir que la vida sigue fue­ra del laberinto de pasillos del instituto. Un cielo que contempla el viaje a la locura de unos adolescentes insatisfechos, que tienen absolutamente de todo y no son absolutamente nada.

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor