Lincoln

La que se esperaba como una de las grandes películas del año no decepciona por el perfecto retrato que hace del personaje principal, pero le sobran contención y frialdad y le falta más alma spielbergiana

La gran historia americana 

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El Lincoln de Spielberg es una película con una atención inmaculada al detalle, una pulcritud formal a prueba de bombas, unas interpretaciones sobresalientes y una frialdad y un tono demasiado calculador al que no nos tiene acostumbrados el realizador de E.T.

Más que un biopic, la cinta es un relato histórico de los pormenores de los dos acontecimientos que marcaron más a fondo la presidencia de Abraham Lincoln: la aprobación de la 13ª enmienda, que supuso la abolición de la esclavitud, y la rendición del bando confederado, que puso fin a la Guerra Civil en Estados Unidos.

Saltarse la infancia y juventud de Lincoln y su llega­da al poder no desmerece en absoluto el retrato que se hace de la persona, ya que se consigue mostrar toda su complejidad y sus logros sin caer en el reverencianismo, algo que sí hizo, por ejemplo, uno de los más gran­des entre los grandes, como es John Ford, en su El joven Lincoln (1939). Se entiende porque la gran ma­yoría de los estadounidenses lo consideran el mejor pre­sidente que ha tenido su país, pero a la vez era un hom­bre muy pragmático y melancólico, hecho y educado a sí mismo después de nacer en ambientes muy ru­rales, y con un grandísimo conocimiento de la condición humana, que utilizaba para conseguir sus fines po­líticos. Y a pesar de saber leer al ser humano como na­die, se comportaba de manera increíblemente fría y dis­tante con sus seres más queridos. Todo ello está reflejado con maestría en la película.

El libreto del filme es obra de Tony Kushner, y está ba­sado en Team of rivals, la que para muchos es la biografía definitiva de Lincoln, y que fue escrita por la ga­nadora del Pulitzer Doris Kearns Goodwin. Kush­ner cogió el guión después de que pasara antes por las manos de un peso pesado como John Logan (Hu­go, Skyfall, Gladiator) y de Paul Webb, cuyos borrado­res no satisficieron al director. Kushner ya había tra­bajado antes con Spielberg en Munich, película cu­yo resultado y regusto final tiene mucho en común con la que nos ocupa. Ambos filmes están caracteriza­dos por la profundidad en el detalle, la frialdad y la con­tención, a pesar de la grandiosidad de los temas que tratan, lo que los convierte en dos de los más atípicos de la filmografía del realizador de Tiburón.

Hay alma en el personaje más spielbergiano de la película, el del abo­licionista Thaddeus Stevens, y la hay también en va­rias escenas del final, cuando Spielberg es más Spiel­berg (el recuento de la votación), pero está ausente en la mayoría del resto de situaciones y persona­jes

El tira y afloja y las maniobras y negociaciones políticas en­tre congresistas para aprobar la 13ª enmienda, que rellenan gran parte del filme, son muy didácticas, pero re­sultan más pesadas que fascinantes, porque el alma apa­rece a cuentagotas. Hay alma en Lincoln, hay alma en el personaje más spielbergiano de la película, el del abo­licionista Thaddeus Stevens, y la hay también en va­rias escenas del final, cuando Spielberg es más Spiel­berg (el recuento de la votación), pero está ausente en la mayoría del resto de situaciones y persona­jes, por mucho que estén interpretados por lo más gra­nado del panorama de intérpretes secundarios y no tan secundarios actual (Joseph Gordon-Levitt, Ja­mes Spader, John Hawkes, Tim Blake Nelson, Da­vid Strathairn, Hal Holbrook, Jackie Earle Haley, Ja­red Harris… difícil encontrar un all-star de este calibre en tiempos recientes).

Daniel Day-Lewis, ofreciendo un registro mucho más contenido que en Nine, Gangs of New York y Pozos de ambición, pero igualmente colosal, debería llevarse el Oscar de calle, salvo que pese demasiado que lo ganase recientemente por la última película citada. Sally Field será a buen seguro nominada también, aunque de­trás de su Mary Todd Lincoln haya más un necesario con­trapunto que un gran personaje e interpretación. Tommy Lee Jones se la merece más, por ese Thaddeus Ste­vens que es lo mejor que ha hecho en muchos años.