Gente en sitios: Mezquinos, crueles, tiernos, débiles, ridículos, nosotros

Una pareja se dispone a cenar en un restaurante. Da igual si son familiares, amigos, novios o compañeros de tra­bajo. Cualquiera en esa situación, espera a que el camarero apunte la consumición y desaparezca para empezar a hablar. Pero qué pasa si el camarero se queda es­cribiendo, si no hace ningún atisbo de moverse…

Éste es el primer sitio que recorre Juan Cavestany en esta pequeña e inclasificable película rodada sin presupuesto e interpretada por un llamativo elenco de actores españoles que colaboran en el proyecto por amor al arte. Y desde esta primera escena, enorme en su sencillez, incomoda, ridícula y absolutamente reconocible, el espectador -o el crítico- atisba que la película ante la que está, en realidad, es bastante grande.

Hay mucha escritura cinematográfica, y de la buena, de­trás de cada uno de los sitios que recorre la gente de Cavestany. Buena escritura de esa que se escribe con los ojos y con los oídos, pegando la oreja a la rica, modesta, compleja o dura realidad y dándole un mordisco o un arañazo. De esa que sabe captar dónde hay un momento dramático que duele en silencio porque solo due­le en el alma del protagonista (esa mujer que se ha ope­rado la cara para que su marido la mire), de esa escritura que sabe extraer de la anécdota minúscula una enseñanza universal.

Dice Cavestany que en su película hay cierta prisa, ur­gencia por contar muchas cosas, ganas de abarcarlo to­do, y reconoce que no es la mejor receta para escribir un guión. Que se supone que hay que seleccionar y elegir y prescindir de unas cosas para centrarse en otras. Hay que elegir las palabras, como el novelista que en otra brillante escena juega con ellas para bautizar su obra. Pero, qué es lo importante, ¿la palabra que comunica la vivencia o la vida que pretendemos definir?, ¿la gen­te o los sitios? O quizás las dos cosas, porque uno necesita de la otra, y el lugar, aunque parezca supérfluo, se convierte a veces en lo único importante.

Dice también que quería reflejar la realidad fragmentada que nos ro­dea y lo hace con una película que no tie­ne ni princi­pio ni final, ni orden ni concierto, pero que atrapa al es­pectador desde el primer fotograma y le deja con la sen­sación de querer continuar una hora más siguiendo a la gente por más sitios. Y dice que en me­dio de ese relativismo, de esa falta de mirada unifica­do­ra de la realidad, de ese sinsentido que, en el fondo, re­fleja la película, no quería privar al espectador de una puer­tecilla abierta a la esperanza. Lo que cuenta Cavestany no es complaciente, es a veces embarazoso y mezquino, es incluso cruel, pero no deja de ser tierno. Los dé­biles -y esta gente en sitios sobre todo es (somos) dé­­biles- no matan, hieren. Y cuando lo hacen, se hieren más a ellos mismos. Y por eso los compadecemos y terminamos sonriendo. Nos terminan cautivando. Esa gen­te en sitios somos nosotros. Al fin y al cabo, unos par­dillos. Tan pardillos como esa pareja de ladrones que aca­ba ordenando el piso que iba a robar.

Arriba: La buena escritura cinematográfica que late detrás de muchas escenas.

Abajo: La radicalidad de la apuesta hará que muchos ni se planteen verla.

Ficha Técnica

  • País: España, 2013
  • Fotografía y Montaje: Juan Cavestany
  • Duración: 83 min. +16 años (S)
  • Distribuidora: Cameo
  • Estreno: 20.12.2013
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