Hannah Arendt [10]

El proceso que dió lugar al libro «Eichmann en Jerusalén» es el apasionante conflicto de una película excelente

Dirección: Margarethe von Trotta Guión: Pam Katz, Margarethe von Trotta. Fotografía: Caroline Champetier Montaje: Bettina Böhler Música: André Mergenthaler. Intérpretes: Barbara Sukowa, Axel Milberg, Janet McTeer, Julia Jentsch, Ulrich Noethen, Michael Degen, Nicholas Woodeson, Victoria Trauttmansdorff, Klaus Pohl.  Duración: 113 min. Distribuidora: Surtsey Público adecuado: + 16 años

Alemania, Luxemburgo, Francia. 2012. Estreno en España: 21/6/2013

La banalidad del mal… y el prodigio del pensar

A lo largo de su extensa filmografía, la veterana realizadora alemana Margarethe Von Trotta ha demostrado dos cosas: su apertura de pensamiento y su valentía para abordar proyectos difíciles. Amplitud y riesgo,  dos notas que le han llevado a bucear en la vida de un rico y variado paisaje de personajes femeninos (sus protagonistas siempre son mujeres); desde líderes revolucionarias –Rosa de Luxemburgo- hasta santas –Visión, sobre Hildegarda de Bingen-. Von Trotta,  que no niega ni su inicial encanto por el comunismo ni su actual escepticismo (por no decir rechazo), se acerca a cada personaje con honestidad, tratando de desentrañar su alma, de entenderle. Escuchándole con libertad de mente, sin prejuicios.

En esta película deja hablar a Hannah Arendt, la polémica filósofa alemana y judía, discípula de Heidegger y autora de, entre otras obras, Los orígenes del totalitarismo y Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Precisamente la cinta se centra en el recorrido filosófico y literario que dio lugar a esta última obra. Arendt, que había vivido en sus propias carnes el horror del régimen nazi, asistió al juicio de Adolf Eichmann, el coronel de la SS responsable del transporte de los deportados durante el Holocausto, con el objetivo de escribir una crónica para The New Yorker. Durante el proceso, la pensadora alemana llegó a la conclusión de que los terribles crímenes que se estaban juzgando no habían sido protagonizados por un sádico ni por un personaje poderoso y malvado… sino por un hombre mediocre, que actuaba sin ningún tipo de convicción; un burócrata gris que había dejado de ser persona porque había renunciado a su capacidad de pensar. Por otra parte, y en esta misma línea, Arendt se preguntaba si las autoridades judías no podrían haber hecho algo más para evitar esos crímenes “resistirse era imposible –sentencia en un momento de la película- pero quizás entre  la resistencia y la colaboración hay algo…”.

Von Trotta ha tardado diez años en sacar adelante una cinta que nadie quería financiar. La espera ha valido la pena. El producto es impecable, desde el poderoso guión donde encontramos la jugosa discusión filosófica y el terrible drama interno que sufrió la filósofa por el rechazo con el que se recibió su obra entre la comunidad judía, hasta la sabia decisión de ficcionar mínimamente el juicio contra Eichman y apoyarse, sin embargo, en ese tramo, en imágenes de archivo. Hay que destacar además el magnífico reparto, liderado por Barbara Sukowa, habitual de las películas de Von Trotta. Una película basada en el diálogo, y sobre todo si este es filosófico, no puede sostenerse sin buenos actores, ni sin una directora que conozca la importancia de llevar a la pantalla esos pequeños gestos que revelan que detrás del personaje está la persona (quien no sepa descubrir la sabiduría que encierran los aparentemente simples gestos que recrean la relación entre Arendt y su marido se está perdiendo mucho).

Cine imprescindible. Pura adrenalina para el cerebro. Un tratamiento de choque en la, muchas veces, excesivamente frívola cartelera. Solo por la electrizante escena en la que Arendt defiende sus tesis frente a un aula repleta de jóvenes estudiantes merece la pena pagar, no una, sino un par de entradas.

Dice Von Trotta que, cuando le presentaron el proyecto de rodar Hannah Arendt no le emocionaba demasiado el personaje. Viendo la pasión que desprende la película, nadie lo diría. Quizás porque es el final de un proceso. Von Trotta ha escuchado a su personaje –como Arendt escuchó a Eichmann- y la ha entendido. No creo que le haya resultado difícil entenderla… uno reconoce bien a sus compañeros de viaje, aunque partan de orígenes distintos. Si además el destino deseado es llegar a la verdad, el trayecto puede ser apasionante.

Ana Sánchez de la Nieta


 

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