Ida

· Esta multipremiada película del polaco Pawel Pawlikowski, Ida, es una pequeña joya para minorías exigentes.

IdaDirección: Pawel Pawlikowski Guión: P. Pawlikowski, Rebecca Lenkiewicz Fotografía: Lukasz Zal, Ryszard Lenczewski Montaje: Jaroslaw Kaminski Música: Kristian Selin, Eidnes Andersen Intérpretes: Agata Kulesza, Agata Trzebuchowska, Joanna Kulig, Dawid Ogrodnik
Distribuidora: Caramel Duración: 90 m. Público adecuado: +18 años (VS)

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Polonia (Ida (Sister of Mercy)), 2013. Estreno en España: 28.3.2014

Batallas del alma

Polonia, años 60. Una joven novicia huérfana, antes de hacer sus votos, viaja a su casa natal para, en compañía de su tía, conocer el dramático suceso que acabó con la vida de sus padres. Reconozco que estaba convencida de no haber visto nada del cineasta polaco, afincado en Reino Unido, Pawel Pawlikowski, hasta des­cubrir que, antes de Ida, rodó La mujer del quinto, un intenso drama bastante fallido que también se presentó, como Ida, en el Festival de Gijón. No es un dato de­masiado interesante porque Ida es otra cosa, juega en otra liga. Esta cinta multipremiada es de esos títulos que se quedan instalados en la cabeza durante días, una de esas películas que provocan multitud de cues­tiones. En definitiva, una de esas cintas que, al mar­gen de su fuerza visual y su poder evocativo, recla­man una respuesta del director.

Máxime cuando Ida es una película autobiográfica cien por cien. Pawlikowski confiesa que el viaje de Ida es, en cierto modo, su propio regreso a sus raíces po­lacas. Un recuerdo de los paisajes que vio, de la música que escuchó, del rastro de su memoria. El personaje de Wanda tiene su origen en una mujer conocida y admirada por él, cuya contradicción -una persona bri­llante… acusada después de horribles crímenes- el ci­neasta polaco no ha conseguido aún encajar. Con el per­sonaje de Ida, Pawlikowski quería hablar de una fe que transciende la imagen del tradicional católico po­laco, entrando en una dimensión diferente cuando Ida descubre al arrancar la película que, en realidad, es judía. Una fe que, quizás por querer alejarse del estereotipo, es más protestante que católica. Es, desde lue­go, más Bergman que Fellini. Es en cualquier caso un Dios que no habla. Un Dios silencioso.

Dice el cineasta que las almas de Ida y Wanda son un campo de batalla. Y dice bien, pero para reflejar es­ta intensa y desgarradora lucha, pues los acontecimientos son dramáticos, opta por una extraordinaria pues­ta en escena. La cámara apenas se mueve y la película se construye a través de planos fijos, de encuadres sorprendentes, expresivos en su minimalismo y de una belleza arrebatadora. Más que planos son cuadros, sencillas obras de arte.

Hay que avisar al espectador que Ida no es un producto de masas, hace falta gusto estético, capacidad de silencio, paciencia y apertura de mente para entrar en una película que solo se entiende -y no del todo- des­de el matiz. Desde la mirada a ese campo de batalla del alma. Una película con múltiples lecturas, con un fi­nal cerrado que se presta a muchas interpretaciones, nin­guna de ellas, ciertamente, demasiado esperanzadoras. Una historia trágica, una película triste, con una tristeza de fondo muy acusada. Una pequeña joya pa­ra un público también pequeño.