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In the mood for love

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Dirección y Guión: Wong Kar-Wai Fotografía: Christopher Doyle, Mark Li Música: Michael Galasso Montaje: William Chang Intérpretes: Maggie Cheung, Tony Leung, Rebecca Pan, Lai Chen.

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País: Hong-Kong ,2004

 

En disposición de amar

 

Hay una conocida canción de Glenn Miller que se titula In the Mood, que tradujimos en España como «En forma», y parece que esta es una traducción correcta; así que no lo es mucho que se haya traducido In the mood for love por «Deseando amar», que es como se presenta esta película. Mas bien habría que decir «En forma para amar», pero como esta traducción es un tanto ruda, y como el que está en forma para algo está también dispuesto para eso mismo, en condiciones para ello, quedaría mejor traducir ese título como «Bien dispuestos para amar» o simplemente «Dispuestos para amar», o «En condiciones para amar», o «En disposición de amar», y así es como están los dos protagonistas de In the Mood for Love, en disposición de amar; lo cual implica, evidentemente, que están deseando amar, aunque el título no lo diga. Toda esta disquisición en letra pequeña no me parece banal, porque sin duda el título influye en la concepción que el espectador se hace de la película.

Esta película, que compitió en la sección oficial del 53 Festival de Cannes, año 2000, llegó por los pelos; tan tarde, que incluso tuvieron que cambiar el orden del programa; y llegó tan recién hecha que se presentó sin título, y así la titularon para que no entrara en el Festival como «una cualquiera»: Sin título, Untitled, Sans titre.

A eso se refería su director, Wong Kar-Wai, cuando en una entrevista decía que estaba sin terminar; no se refería a otra cosa sino a estas cuestiones que trae consigo la prisa final: sin título, montaje que se dejó en el bombo alguna escena…; juraría que, al verla yo de nuevo para hacer esta crítica, hay ahora algunas escenas más. ¿También la banda sonora ha cambiado? Recuerdo haber oído un bolero cuando la vi y oí en Cannes, y ahora me ha sorprendido oír «Desde que tú te fuiste» y, cantadas por Nat King Cole, además, «Aquellos ojos verdes» y «Quizás, quizás, quizás». Sea lo que sea, con ese «está sin terminar» Wong Kar-Wai no se refería a nada esencial a su obra.

Y su obra In the Mood for Love obtuvo en Cannes una unánime aceptación y un clamoroso aplauso; además del Premio a la mejor interpretación masculina para Tony Leung, y Gran Premio Técnico al Director de Fotografía –Christopher Doyle– y al Director Artístico -William Chang-, que fue el comienzo de una lluvia de premios que todavía aumenta, y que no cito.

Salgo al paso de la habitualmente no comentada cuestión moral: Li-chun (Ella), y Chau (Él) son engañados por sus respectivos marido y mujer; en su dolorida soledad, encuentran el uno en el otro la comprensión y el estímulo para ser fieles, a pesar de que los otros no lo sean. «No somos como ellos», dice en una ocasión Li-chun. Mantener la palabra dada en el matrimonio supone sin duda un grandísimo valor moral de la persona y tiene unas positivas consecuencias familiares inmensas.

Pero Li-chun y Chau se demoran en esa situación, que se les convierte en melancólico afecto, que se les convierte en doliente amor, que se les convierte en desgraciada y sofocada pasión. Recuerda esta situación enfermiza a la que puede encontrarse a veces en los famosos libros de caballerías, en el amor cortés, en cierta literatura provenzal…: También Wong Kar-Wai consigue esta belleza de flor que se marchita; de dulce ahogo de la carne, víctima del alma impura. Algo así le sucede a la Yelena de la pieza teatral Tío Vania de Anton Chejov: el Doctor dice de ella que ni su fidelidad al marido ni su belleza pueden ser puras, porque Yelena vive en la indolente pereza más completa. Este personaje de Chejov diría lo mismo de la fidelidad material y de los corazones de Li-chun y de Chau.

Aun con todo (y con eso) Wong Kar-Wai muestra una vez más (Happy Together -Premio a la mejor dirección en Cannes/97-, Los ángeles caídos, Las cenizas del tiempo, Nuestros años salvajes…) sus extraordinarias dotes artísticas, manifestadas en la estructura narrativa (guión y diálogos son suyos), en los angustiosamente cerrados interiores, por los que la cámara se mueve en insólitos encuadres, por sorprendentes recovecos, trasunto del alma de los protagonistas y de su torturada vivencia sentimental; los diversos y deslumbrantes vestidos de Li-chun, que dan figura a su elegancia, y las distintas corbatas de Chau marcan el paso del tiempo y el cambio de escenario; los colores, la lluvia, las paredes gastadas y sucias como cuadros de Tapies…, el reiterativo ritmo, siempre igual y siempre distinto, en un crescendo casi «inaudible»…; la música, que no apoya, sino que dice por sí misma… Todo es un baile de almas agonizantes, que deslumbra, y que, en uno de sus giros, el tiempo, la distancia les llevan a olvidar todo recuerdo, a la muerte de todo secreto, les llevan a vivir.

Pedro Antonio Urbina