Infiel

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País: Suecia Dirección: Lin Ullmann Guión: Ingmar Bergman Fotografía: Jörgen Persson Intérpretes: Lena Endre, Erland Josephson, Krister Henriksson

Estreno EE.UU.: 2002 

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 Y Bergman cogió su fusil

En el último número de FILA SIETE comentaba la penúltima película de Ullmann, Private confessions, que guarda una notable semejanza con Infiel. Ambas son historias sobre las devastadoras consecuencias de la deslealtad matrimonial. Si en Private confessions era un pastor protestante el encargado de escuchar el desahogo de Anna, la madre de Bergman, en Infiel nos encontramos con un anciano escritor (el propio Bergmaninterpretado por un grandioso Erland Josephnson), que pugna consigo mismo para escribir un guión que relate un episodio amoroso de carácter autobiográfico. En la soledad de su casa al borde del mar, Bergman necesita encarnar la voz femenina que lleva en su cabeza, la mujer que ocupa el centro del laberinto de pasiones que va a tratar de plasmar en un guión para una película. Una actriz, a la que bautiza con el nombre de Marianne (Lena Endre) aparece misteriosamente en la aislada casa de Bergman y se inicia el diálogo, la película.

Infiel dura 155 dramáticos minutos, que justificarían -lo digo muy en serio- un descanso de barra fija, bocadillo y cervezón. Ullmann&Bergman han creado una -otra- bellísima película en la que se dan cita los elementos necesarios para hablar de una obra destacable: buen guión, poderosos intérpretes, sabio montaje, culto y elegante tratamiento visual y sonoro. Ullmann ha dicho a propósito de la película cosas tan interesantes como éstas: «La infidelidad que Bergman retrata en su último guión no es una deslealtad consciente; no estamos ante un acto de la voluntad. En este nuevo milenio que estrenamos, la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas. Los principios morales simplemente desaparecen. Hombres y mujeres deciden «jugar» a un «juego de adultos»: amémonos al límite, seamos felices juntos, olvidémonos de juzgar qué es bueno y qué es malo. Pero súbitamente todo se desmorona. Tragedia. Todos son infieles entre sí. Sin embargo, como yo lo veo, la víctima resulta ser la niña; la personita que ha sido utilizada en el juego de los adultos, sentada en medio de un carrusel emocional, sin entender cuál es su verdadero papel en la historia».

Después de ver la película creo que cualquiera puede compartir la opinión de Ullmann, salvo en un aspecto, que tiene una importancia absoluta y que podría formularse en modo interrogativo: ¿Cómo que la deslealtad no es consciente, cómo que no estamos ante un acto de la voluntad? Liv Ullmann se contradice, quizás contagiada por la empanada mental deBergman, un fabuloso escritor y cineasta que es capaz de plantear grandes conflictos morales pero que se muestra absolutamente incapacitado para resolverlos, al encontrarse enjaulado en una filosofía que pone en entredicho la libertad humana, la acción de la gracia, la redención, el pecado como acto libre que desordena, la capacidad del ser humano para someter a la inteligencia los instintos y pasiones que le llevan al despeñadero. Bergman ha confesado la enorme influencia que ha recibido de Kierkegaard, del calvinismo y del protestantismo liberal. Siempre hay simples que se sorprenden del uso de tales conceptos en un crítico de cine y se empeñan en analizar determinadas películas de enorme carga moral (ciencia que estudia los actos humanos, según su ordenación al fin último sobrenatural del hombre, calificándolos como buenos o malos) obviando el sentido religioso (la manera en que el hombre se relaciona con Dios) y la dimensión ética (ciencia que estudia con las herramientas de la filosofía la acción y la conductas humanas consideradas en su conformidad o disconformidad con la recta razón). No hace mucho, después de ver Gertrud de Dreyer, apagué el coloquio de Garci, porque me parecía un concurso de pedanterías estilísticas que competían para no abordar el meollo del drama moral del director danés, que por cierto está muy presente en los planos de Infiel que se desarrollan en la casa de Bergman, al borde del mar.

«Nada más doloroso y devastador que un divorcio». Dice el texto que reproducen Ullmann y Bergman en la pantalla antes del título de la película. Infiel tiene el acierto de entender que muchas veces la manera más impactante y cruda de presentar una situación desagradable es narrársela a otra persona. Hay en esta película momentos de una dolorosa crueldad que emerge de la capacidad que tenemos los humanos de hacer desgraciados a los que más queremos. Momentos en los que revolotea una especie de ajuste de cuentas laico, estoico, vengativo. Un desolador retrato de la peor de las tiranías, la de las propias pasiones. En dos emotivas secuencias, Bergman acaricia a sus fantasmas, encarnados por Marianne y David. Un gesto necesario en una película demoledora que retrata con crudeza determinista e implacable los estragos que causa la infidelidad matrimonial.

Alberto Fijo

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor