Invictus

Clint Eastwood atrapa el mejor aliento épico del deporte con la narración del Mundial de Rugby que ayudó a Sudáfrica a curar las heridas del apartheid. Sólo el tratamiento un tanto plano de los protagonistas ensombrece una hermosa fábula moral

EE.UU., 2009. Estreno en España: 29.01.2010

Ética, épica y estética de la melé de rugby

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A Clint Eastwood, amante y deudor del deporte y la épica, no se le podía escapar esta historia. Invictus adapta el libro El factor humano, en el que el periodista deporti­vo John Carlin explica hasta qué punto el Mun­dial de Rugby de 1995 contribuyó a la re­conciliación de la Sudáfrica posterior al apart­heid.

Una historia realmente poderosa. Tanto, que incluso parece haber superado al mismísi­mo Eastwood. Invictus arranca con la llegada al poder de Nelson Mandela, personaje que -na­da sorprendente- absorbe toda la luz de la pe­lícula. La elipsis inevitable elimina la fase de­cisiva en su crecimiento: los 27 años de cárcel, la lucha interior por perdonar a sus carce­leros, su idea de crear un nuevo país a partir de la reconciliación… Mandela nos llega ya he­cho -Eastwood ha alegado que su paso por pri­sión ya ha sido tratado con solvencia por el cine-, y su descripción carece de emoción dra­mática: no hay una tensión real que permi­ta que el personaje crezca. Cuando decide re­currir al rugby -deporte hasta entonces odia­do por los negros como estandarte de la cla­se blanca elitista-, Mandela no duda.
Porque Mandela es perfecto. Tiene una vi­sión y vive consagrado a ella. Apenas se in­sinúan ciertos problemas familiares que un secundario se encarga de desplazar: “No es un dios, es humano como nosotros, pero no hace falta que se lo recuerden”. Su­dá­fri­ca (y el mundo), parece decir, necesita hoy más que nunca hagiografías, modelos lo más subrayados posibles. ¿Aún a costa de la ve­rosimilitud?

Tampoco termina de funcionar el aspecto dra­mático en los secundarios. En François Pie­naar, capitán de la selección de rugby, apenas en­trevemos un conflicto con unos padres escép­ticos ante cualquier cambio en el status quo afrikaner. Sí queda mejor perfilado el avan­­ce narrativo en la tercera subtrama, la de los guardaespaldas de Mandela, que obliga a su guardia personal negra a coordinarse con el servicio de seguridad del antiguo presidente blanco, la mayoría miembros del servicio se­creto represor del apartheid. El trayecto des­de la lógica desconfianza inicial a cierta ca­maradería sí aporta cierta emoción.

El presidente y el capitán

Pero el núcleo emotivo, aunque estático, tie­ne que ver con Mandela y Pienaar: éste se con­vierte en algo así como un alter ego de aquél en el terreno de juego, que es donde real­mente estalla el mejor cine. La siempre efec­tiva narración del deporte -el tempo de los entrenamientos, el desfallecimiento, la su­peración, el liderazgo…- adquiere aquí una fuerza insólita debido a la extraordinaria aparición de la realidad: todo lo que pasa en el estadio… realmente pasó.

Invictus
Invictus

Y en la culminación del partido final, la es­truc­tura de la remontada épica adquiere otra di­mensión, más allá del tópico. El balón que vue­la a cámara lenta y no termina de entrar fun­ciona como siempre… y un po­co más; los pla­nos intercalados de blancos y negros disfru­tando de ‘su’ selección na­cional llegan al co­razón por la misma fuer­za de los hechos, de la historia y de la His­toria. Parece que East­wood era conscien­te de que, en ese terre­no privilegiado, su intervención podía estro­pear más que ilu­minar. Por eso se muestra co­medido, pru­dente, sin aspavientos a lo Rocky.

Y, por encima de todo, la melé. El Des­cu­bri­miento. Esa jugada del rugby en el que el equi­po se une en una piña -como la dispo­si­ción romana en tortuga- para chocar con el equipo contrario con toda la fuerza, la de­terminación, el empuje de los mejores at­le­tas que disuelven su ego en el equipo. El ro­daje de esa masa de cuerpos indiferencia­dos, los primeros planos que pasan de las ca­ras de esfuerzo a los pies que pisan fuerte la tierra -¡’su’ tierra!- para no retroceder ni un centímetro, el sonido del puro esfuer­zo animal aplicado a la máxima grandeza: un juego que el más lúcido hombre inventa co­­mo metáfora de algo que lo eleva a algo más allá de la individualidad. Hablamos del rug­­by, por supuesto. Y del cine.

Ángel Peña

 

Dirección: Clint Eastwood Guión: Anthony Peckham Fotografía: Tom Stern Montaje:Joel Cox Música: Kyle Eastwood, Michael Stevens Intérpretes: Morgan Freeman, Matt Damon, Marguerite Wheatley, Patrick Lyster, Matt Stern, Julian Lewis Jones, Penny Downie Duración: 133 min. Público adecuado: Jóvenes Distribuidora: Warner