J. Edgar

J. Edgar: Aburrido y superficial acercamiento al fundador y director durante 40 años del FBI. 

J. EDGAR, 2011 País: EE.UU. Dirección: Clint Eastwood Guión: Dustin Lance Black Fotografía: Tom Stern Montaje: Joel Cox, Gary Roach Música: C. Eastwood Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Naomi Watts, Armie Hammer, Josh Lucas, Ed Westwick, Judi Dench 137 m. +18 años (temática, erotismo incidental) Distribuidora: Warner Estreno: 27.1.2012

J. Edgar: Entre el biopic y el biopink

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John Edgard Hoover (1895-1972) nació y mu­rió en Washington. Allí estudió Derecho. En 1917, con 22 años, se incorpora al De­par­ta­mento de Justicia, y un año después ya traba­jaba en la División de Inteligencia. En 1924 es nombrado por el fiscal general pri­mer direc­tor del FBI, cargo en el que perma­nece has­ta su muerte. De religión presbi­teriana, se in­corpora a la masonería de ri­to escocés a los 26 años, alcanzando en los años 60 el grado 33. Se puede decir que la his­toria del FBI, pa­ra bien y para mal, está li­gada a Hoover.

Clint Eastwood ha usado un guión de Dus­tin Lance Black (Mi nombre es Harvey Milk) pa­ra dirigir una tediosa película de 137 minu­tos en la que se describe al persona­je haciendo hincapié en su condición de ho­mosexual, en su rareza de carácter, en su ais­lamiento vital y en su condición de anti­comunista. Mi re­sumen es meramente des­criptivo porque, a mi juicio, todo lo demás parece secundario. Y lo demás es intere­sante, incluso muy interesan­te. Hoover es una muestra de la fragilidad de la democracia americana, un sistema que pa­rece diseña­do a la perfección para la prácti­ca del lo­bby, los chanchullos y las conspiracio­nes. La democracia en América queda muy bo­nita en el libro de Tocqueville pero en la rea­li­dad aparece mucho más desgreñada.

Hoover, por encargo presidencial, creó un sis­tema para luchar contra el crimen organi­za­do. De acuerdo con el sistema judicial nor­tea­mericano, con la aquiescencia presiden­cial y parlamentaria, dotó a su organiza­ción policial con jurisdicción federal de la­boratorios pa­ra obtener pruebas incrimina­torias. No se es­catimó dinero.

Pudiera ser -aunque esto es algo que forma par­te de la teoría de la conspiración que gus­ta a los norteamericanos más que comer con los dedos- que su permanencia en el car­go con ocho presidentes se debiera en bue­na me­dida a los archivos privados que Hoo­ver fue acumulando sobre personajes de la po­lítica, la economía, la cultura y el espec­táculo. En resumen, es la tesis del largometraje, el ti­po hizo lo que quiso porque todos le tenían mie­do.

Me parece que Eastwood se ha equivocado de guionista. La historia, más allá del vigor in­terpretativo de Leonardo DiCaprio en un rol muy similar al de El aviador, es un sobera­no tostón, plano, previsible y reite­rativo, con una excesiva presencia de per­sonajes más mo­mificados que avejentados, gracias a un ma­quillaje lastimoso (Hoover murió con 77 años, pero tanto él co­mo los que le rodean pa­recen tener 120). La puesta en escena resul­ta poco imaginati­va y la labor de foto, mon­taje y música del equi­po habitual de East­wood es meramente correcta. La impresión, que ya he experi­mentado en otras pelícu­las suyas, es que al director californiano no le interesa dema­siado lo que está contando.

No hacen falta 137 minutos para esculpir en el cerebro del sufrido espectador que John Ed­gard Hoover era un tipo que quería mucho a su ma­má, tenía mucho genio, montaba cam­pañas de imagen (por cierto fue asesor de la War­ner para hacer películas que dejaran bien al FBI, cuando Cagney triunfaba inter­pre­tando a criminales que se reían de la poli­cía) y tenía enganchados de la taleguilla a un mon­tón de diestros de la lidia político-fi­nan­cie­ra norteamericana.

Si Hoover era gay o no, me interesa poco, y de cualquier manera no es en absoluto el pun­to más interesante de un personaje de se­me­jante relevancia. Entre otras cosas, por­que la homosexualidad de Hoover es una suposición de Dustin Lance Black, en una época en la que el lobby gay muy activo en Ho­lly­wood está empeñado en demostrar­nos que los ar­marios de la historia están llenos de gays de enor­me relevancia, des­de Alejandro Magno has­ta nuestros días, y de ello se hace eco el pa­panatismo ridícu­lo de algunos periódicos sen­sacionalistas. En cualquier caso, la hipoté­tica condición de homosexual de Hoover no afec­tó a su labor como jefe del FBI, como queda claro en la propia película.

Me interesan más -y creo que al público tam­bién- otras cosas. Como, por ejemplo, su per­tenencia a la masonería, una sociedad secre­ta enormemente importante en la vi­da polí­tica norteamericana desde el nacimien­to del país. No hay la mínima mención. Sus relaciones con los presidentes son me­ros apuntes inci­dentales en una película que parece más preo­cupada por mostrar a Hoover, incidentalmen­te vestido de mujer, que por explicar la ma­nera en que fundó y di­rigió el FBI. La lucha de Hoover contra el cri­men organizado, los agentes nazis, los co­munistas y el Ku Klux Klan aparecen de pa­sada.

La película, episódica y simplista, demasia­das veces histriónica, suple las deficiencias del guión con el aplomo solemne de la rea­li­za­ción de Eastwood (pienso en la secuen­cia de la comunicación del asesinato de JFK, con Hoover que escucha una grabación comprome­tida: bien rodada pero absur­da e inverosímil).

El público norteamericano no ha mostrado es­pecial interés en J. Edgar: 33 millones en la taqui­lla, muy lejos de los 148 de Gran Torino. Los biopics y las películas históricas de East­wood (In­victus, Banderas de nuestros padres, Cartas des­de Iwo Jima) no se le dan bien a un director que tiene varias obras maes­tras pero también un montón de pelícu­las muy discretas.

Ahora Eastwood interpretará una película so­bre un ojeador ciego de jugadores de béis­bol que requiere la ayuda de una chica (Amy Adams). Dirigirá el que viene siendo des­de ha­ce muchos años su ayudante de dirección, Ro­bert Lorenz. Veremos, tiene bue­na pinta.

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor