Kill Bill (Volumen 2): Cierre apoteósico

Culmina la katana story de venganzas implacables orquestada por Quentin Tarantino en «forma de estrafalaria historia de amor con toques del kung-fu samurai y del spaghetti western«. Lo hace con una extraordinaria brillantez visual, interpretativa y artística. La mires-oigas por donde la mires-oigas, la película tiene unas calidades sobresalientes, que si bien estaban presentes en la primera entrega brillan mucho más en la segunda, porque se priman los conflictos y los personajes, que están mucho más cuidados, a costa de las secuencias de acción coreografiada que abundaban en el volumen uno. Uma pasea sus 1,83 centímetros de estatura de gran actriz con la solvencia y la madurez de una número uno, que llora, ríe y reparte estopa con una convicción despampanante. Mucho le ayudan Carradine y Madsen, los hermanos mafiosos que arruinaron los deseos de cambio de vida de la novia embarazada que quería casarse en El Paso para trocar su azarosa vida de asesina a sueldo por la de tierna mamá. Daryl Hannah, la tuerta tercera antagonista, no les va a la zaga y despliega un verdadero recital de villana taimada y sanguinaria.

Todo, repito, tiene un poderío muy difícil de superar, desde el seductor prólogo en blanco y negro con una Black Mamba al volante que nos cuenta que va al encuentro de Bill, hasta el apoteósico desenlace, pasando por mil peripecias a cada cual más inolvidable, entre las que me quedo con la conversación entre la Thurman y Carradine en la puerta de la capilla, el jocoso entrenamiento de la rubia guerrera en el centro de alto rendimiento dirigido por un delirante maestro chino experto en artes marciales, y la delirante entrevista con el gerente del prostíbulo-guardería.

La planificación, los movimientos de cámara, el montaje y la puesta en escena darían para varios cursos de doctorado. Y algo parecido ocurre con la música («No puedo seguir escribiendo hasta que descubro cuál va a ser la música de apertura de la película, la música que ponga al público en situación, la música me ayuda a descubrir el ritmo, el son al que bailará la película», Tarantino dixit), la escritura de diálogos, el tempo dramático de las secuencias, la dirección de actores, el diseño de producción, la posproducción y los sencillamente geniales créditos finales, que contienen varias propinas musicales y visuales que muchos se perderán si no se mantienen en la butaca hasta la toma falsa y el guiño final de complicidad de Uma.

Lo dije en la crítica del Vol. 1, lo repito ahora: el gusto pulp de Tarantino daña su fiction, aunque cierto es que en Kill Bill (Volumen 2) se rebajan bastante las pasadas verbales y la enfermiza devoción por la violencia gratuita del director de Reservoir dogs, aunque ambas siguen presentes, especialmente en la secuencia del entierro, un alarde innecesario de sadismo que muchos espectadores -yo lo hice- aprovecharán para salir a tomar aire y recuperar fuerzas.

La pasión por el spaghetti western, el cómic underground, el cine negro y la buena música (incluyendo dos antológicas piezas de flamenco) del director de Tennessee quedan manifiestamente patentes, así como el rendido agradecimiento y complicidad con su «hermano», el mariachi Robert Rodríguez. Artistas consagrados al despropósito, al mírame la nariz, al quien piensa pierde, al yo soy así y me gusto, al relax it’s only a movie. Superdotados erráticos con doble moral y en caída libre. Pero qué caída, dirá más de uno. Pues sí. Ay, Tarantino, Tarantino


Kill Bill (Volumen 2) (Kill Bill: Volume 2)

EE.UU., 2004

Ficha Técnica

Fotografía: Robert Richardson Montaje: Sally Menke Música: Robert Rodriguez, Robert Fitzgerald Diggs, Ennio Morricone Distribuidora: Buena Vista

 

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Reseña
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor