La cinta blanca

La cinta blanca, de Michael Haneke
La cinta blanca, de Michael Haneke

La cinta blanca: Palmetazo de Oro

Haneke logra su mejor película y sigue siendo el mismo, abrumado (¿seducido?) por la culpa y sin querer buscar respuestas.

He escrito a un amigo filósofo interesado por el cine. Le animo a ver esta película tremenda, un durísimo y despiadado relato, una genial criatura perturbada, porque eso me parece esta película, un cine hasta cierto punto parecido al del Bergman de los primeros 60 (Cómo en un espejoLos comulgantes) pero sin esas ansias de ternura que describe Moe­ller magistralmente y que tanto gustaron al propio Bergman -las reconoció- cuando otro cura belga se lo dijo en una entrevista; un cine parecido al Gertrud del Dreyer septuagenario pero sin su inmensa misericordia.

La película, justa ganadora de la Palma de Oro en Cannes, cuenta en un blanco y negro estremecedor, con narrador incluido, la crónica de un pueblo, de un pueblo alemán del norte de un luteranismo ominoso hasta la náusea. Esta­mos en 1913 y se avecina la I Guerra Mundial. Los protagonistas son los niños que coinciden en el coro y el colegio de la iglesia, hijos del pas­tor, del barón, del médico, de los granjeros, de la comadrona. Empie­zan a pasar cosas extrañas y terribles que, po­co a poco, toman el carácter de un castigo ritual. El ambiente se envenena, se hace siniestro e irrespirable.

La cinta blanca es, una vez más en la trayectoria de Haneke, cine devorado por el enfermizo sentido de la culpa propia y ajena, con una calidad formal impresionante (es de largo su mejor película), lograda con la ayuda de su equipo técnico habitual y un grupo de actores sensacionales.

Es el cine de un pagano perplejo, de un tipo de 67 años que parece seducido por el misterio del mal y por la violencia en la que se ha engolfado y no parece dispuesto a salir. Un anciano que paradójicamente llegó a la edad adulta en la Alemania de Adenauer, un especimen político humanista y magnánimo del que ya nos gustaría tener unos cuantos en nuestra Europa de 2010.

“Mi principal objetivo -señala Haneke– era presentar a un grupo de niños a los que se inculcan valores considerados como absolutos y cómo los interiorizan. Si se considera un principio o un ideal como algo absoluto, sea político o religioso, se convierte en inhumano y lleva al terrorismo. También había pensado en otro título para la película, La mano derecha de Dios, ya que los niños aplican al pie de la letra los ideales y castigan a aquellos que no los respetan al cien por cien. Por otra parte, la película no habla sólo del fascismo, sería una interpretación demasiado fácil al transcurrir la historia en Alemania, sino del modelo y del problema universal del ideal pervertido”.

Cuando un colega (Fabien Lemercier) le dice que en la intriga hay más preguntas que respuestas, Haneke es categórico: “No hay nada que explicar. Mi principio siempre ha sido hacer preguntas, presentar situaciones muy precisas y contar una historia para que el espectador pueda buscar las respuestas por sí solo. En mi opinión lo contrario es contraproducente. Los espectadores no son compañeros de trabajo del director. Me esfuerzo mucho para obtener este resultado. Me parece que el arte debe hacer preguntas y no avanzar respuestas, que siempre me parecen sospechosas, incluso peligrosas”.

Me inquieta este planteamiento de Haneke. Me parece, paradójicamente, manipulador, totalitario, integrista: Haneke es hijo de una Alemania (de unos políticos, de unos jueces, de muchos militares, de centenares de miles de ciudadanos con derecho a voto) en la que unos tipos, los nazis, para nada religiosos, pisotearon esos ideales absolutos de los que habla Haneke y consagraron el positivismo jurídico más atroz. Las víctimas de Hitler fueron fundamentalmente los judíos y los cristianos, y ahí está sin ir más lejos el cine para demostrarlo.

Pero Haneke nos presenta, sin apenas contrapuntos ni matices, una imagen de Dios y de la religión que no es más que “un círculo mágico fuera del cual arrojamos todo lo que no concuerda con nuestros secretos”. Es el dios-eco del que hablaba Bergson, el dios de una religión cerrada, creado por completo, o casi, a partir de la función fabuladora, a fin de cuentas un dios de bolsillo.

Haneke dice admirar a Bresson, pero creo que no se ha enterado de qué va el cine de Bresson: Haneke hace del ateísmo una mística y demoniza la religiosidad con una simpleza verdaderamente llamativa, compatible con una puesta en escena tan brillante que llega a ser hipnótica. AHaneke no le gustan las respuestas… quizás porque a él no le toca decidir o porque lo ha hecho pero no le interesa reconocerlo (vaya usted a saber cómo ha vivido Haneke, cómo ha educado a sus hijos, que los tiene, cuatro para ser exactos, ojalá sean muy buena gente y tengan una vida muy feliz).

En fin, La cinta blanca, amigos, cine peleón, bienvenido sea, mejor que tanta tontada hueca. Los bobos -incluidos los bobos que firman críticas de cine- se apresurarán a repetir unos cuantos clichés. Estas son algunas de mis respuestas a las preguntas-trampa del mejor Ha­ne­ke desde la notable Código desconocido.


La cinta blanca (2009):

Michael Haneke  M. Haneke  Christian Berger  Monika Willi  Leonie Benesch, Rainer Bock, Josef Bierbichler, Christian Friedel, Burghart Klaussner, Steffi Kühnert  Golem  144 minutos  Adultos

Reseña Panorama
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor