La ciudad de las estrellas (La La Land): Someone in the crowd

· La ciudad de las estrellas (La La Land) | El retrato de Hollywood, ese rincón de LA, que hace la película de Chazelle no es el primero, ni será el último, pero es formidable.

Me explico. No pretendo ser original por el bobo deseo de singularizarme, pero me da mucha pereza recurrir a conceptos huecos, a lugares comunes gastados como homenajes, añoranza, resiliencia, etc., etc., aplicados a este excelente trabajo de Chazelle y compañía. Entre otras cosas, porque la inmensa mayoría de los espectadores que la han visto no tienen nostalgia ni resiliencia, por el sencillo motivo de que han visto una película anterior a 1970 o ninguna. Y si la han visto, la vieron siendo críos y se quedaron con el 5%.

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La La Land es una película que mira al futuro de la mejor manera, usando la tradición y la modernidad. Hay en ella autoría, personalidad, juventud, entusiasmo, audacia, riesgo, ganas de gustar sin que eso signifique tirar por el camino más fácil. Con lo que acabo de exponer, dedicarse a encontrar referencias me parece legítimo, pero no seré de los que lo hagan. Porque de qué les servirá que les diga que Chazelle y su gente se han estudiado lo mejor del musical (Demy, Minnelli, Donen, Sandrich, Stevens, Wise, Von Trier) y que, afortunadamente, se nota que lo han estudiado bien.

Podría aportar decenas de referencias, pero no lo haré, no porque no sepa de musical, que sé un rato: suerte que tienen mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser. Porque saben ustedes que cuando un musical te llega, es de los más gozoso y extático que hay en el mundo del arte.

A shine on your shoes / Another day of sun

Que Chazelle haya visto la sensacional secuencia de cierre en la gasolinera de esa barbaridad de película que es Los paraguas de Cherburgo no empaña la categoría de la secuencia magistral con que cierra la puerta de La La Land. Que haya visto llegar a Tony Hunter (Fred Astaire) montado en The Band Wagon y encontrarse con Ava en el andén de Manhattan y que se haya quedado bizco con A shine on your shoes… me alegra. Compartir alegría es una maravilla: querría que vieran a mis alumnos -saben bastante cine- asaltando tu mesa a la hora de comer al grito “necesito que alguien que me entienda me escuche lo que la película me ha hecho sentir y pensar…”.

El retrato de Hollywood, ese rincón de LA, que hace la película de Chazelle no es el primero, ni será el último, pero es formidable. Tanto como el de Malick en la grandiosa Knight of Cups, cada cual a su manera y con su poética, con sus preguntas, porque el cine está para preguntarse quiénes somos y adónde vamos (que se lo cuenten a Lornegan, que me ha dejado sonado para un semestre delante de Manchester).

El clasicismo, no lo olvidemos, no consiste en imitar lo que en el pasado resultó glorioso. El verdadero clasicismo supone crear una obra valiosa y digna de imitación, hija de una época en la que se hace, nieta de un pasado, madre de un futuro. En ese sentido, La ciudad de las estrellas (La La Land) es un clásico. Una película que, como es lógico (ojalá ocurriera más veces), bebe sin remilgos, con orgullo, de una tradición que incluye los logros más señeros: no solo musicales, también comedias románticas y melodramas de los años 50 y 60, de la guerra de sexos, de la screwball comedy

También se atreve a dialogar con la modernidad de forma muy inteligente para, eludiendo la tentación del realismo mágico, ofrecer una historia que pisa el terreno y no ahorra al espectador un relato creíble y coherente, de hoy, aunque los personajes lleven zapatos bicolores y corbatas estrechas.

En su momento, señalé treinta asuntos que me parecen fascinantes en La La Land. Detrás de cada asunto hay una persona que lidera un grupo de artistas. Gente que toma decisiones. Que ha pensado, que ha soñado la película.

No tengo nostalgia tras ver La ciudad de las estrellas (La La Land), tengo esperanza. Porque me ha vuelto a ocurrir (con unos actores protagonistas que bailan lo justo y cantan muy regular) lo que me pasa con Melodías de Broadway, Top Hat, Bailando nace el amor, Swing Time, Play Time o Las señoritas de Rochefort… Cada vez que las veo, me gustan más y disfruto mejor.

De eso se trata. Someone in the crowd.

(Conste: lo de Stone y Gosling tiene mucho mérito, por muchos motivos, entre otros que a Catherine Deneuve y a Cyd Charisse las doblan en las canciones).

Ficha Técnica

  • Fotografía: Linus Sandgren
  • Montaje: Tom Cross
  • Música: Justin Hurwitz
  • Duración: 127 min.
  • Público adecuado: +16 años (S)
  • Distribuidora: Universal
  • EE.UU. (La La Land), 2016
  • Estreno: 13.1.2017
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Reseña
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor