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La fuente amarilla

Crítica La fuente amarilla

Una pena. La fuente amarilla promete muchas cosas pero, aunque merece la pena verla, ofrece menos, mucho menos de lo que lleva dentro. Para empezar, su productora es Mate Cantero, una cineasta inquieta que lleva años buscando nuevas líneas de creación que sustituyan las fórmulas de siempre en nuestro país.
Y esta película es un meritorio experimento en este sentido. El planteamiento es del clásico thriller a la americana. Lola (Silvia Abascal), una joven de madre china y padre español, indaga por Madrid sobre el asesinato de sus padres a manos de la mafia china, las terribles tríadas. En una cafetería conoce a Sergio (Eduardo Noriega), un chico extremadamente tímido y solitario, de una cobardía lo bastante evidente como para suponer la existencia de un trauma.
El ambiente de la mafia china, los detalles de denuncia por la situación de los inmigrantes ilegales, el desarrollo de las relaciones entre Lola y Sergio… Todo bien llevado por la estética del realizador Miguel Santesmases, promete una película vigorosa e interesante.
Pero el conjunto se resiente de un guión de muy poca calidad, que está a punto de echarlo todo abajo. La acción aparece falsa, llena de trucos que hacen avanzar la trama a trompicones. Abundan las casualidades difícilmente justificables, los diálogos poco creíbles y a veces demasiado explícitos (“A mí me gusta ir de puntilla por la vida y que las cosas les pasen a otros”, le dice Sergio a Lola poco después de conocerse).
Sin embargo, la historia de amor de la pareja protagonista funciona. Las magníficas actuaciones de Silvia Abascal y, sobre todo, de Eduardo Noriega, saltan el obstáculo de unos diálogos poco logrados. Ella es dura, fuerte e implacable en el odio hacia los que mataron a sus padres. Él es cobarde, tímido y su gran aventura es corresponder a los sentimientos que Silvia, explícita y sin rodeos, le manifiesta.

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Hay tensión, los personajes tienen vida propia… pero sobra un cierto aire de chapuza en el acabado final. En cualquier caso, La fuente amarilla se deja ver, a ratos seduce y siempre queda la sensación de que algo importante y nuevo está surgiendo en el cine español.

Ángel Peña