La habitación del hijo

País: Italia Dirección: Nanni Moretti Guión: Linda Ferri, Heidrun Schleef, Nanni Moretti Música: Nicola Piovani Fotografía: Giuseppe Lanci Intérpretes: Nanni Moretti, Laura Morente, Jasmine Trinca, Giuseppe Sanfelice

La habitación del hijo | Moretti: un amor insuficiente

Estoy un po­co perplejo ante la tarea de co­mentar esta pe­lícula, Palma de Oro del Festival de Can­nes en el 2001, y aclamada en el Fes­tival de San Sebas­tián y por la crítica en general en este mismo año.

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La historia pretende relatar el dolor por la muerte, imprevista muerte, de un ser que­­rido: un hijo de quince años, al que lloran su padre, su madre y su hermana, casi de la misma edad. Uso a propósito pretende.

Hay una larga introducción de la familia. El padre es psicoanalista, y se presenta la actividad con sus enfermos de manera un tan­to jocosa, sin duda despegada, demasiado irónica para que pueda parecer un trabajo serio. La madre, una Laura Morente muy guapa y elegante, obligada­men­te discreta y secundaria ante el papel preponderante, si no prepotente, del personaje del padre como Nan­ni Moretti, co-guionista y director. Po­dría pensarse que todo el pretendido dolor lo representa él, y más como “fijaos cómo me duele a mí” que como muerte del hijo en la familia.

La hermana (Jasmine Trinca) hace un papel muy convincente a pesar de que sólo está ahí, y el hijo que muere (Giuseppe Sanfe­lice) está muy bien en su papel de chico encantador al que no se puede dejar de querer. Pero se­gún la película, quien de verdad quiere y ama es el padre, es decir, Nanni More­tti, al que los otros tres miembros de la familia, bo­nísimos, respetan, obedecen, veneran, casi ido­latran… en una situación idílica. (¿Por qué?).

Me parece estar empezando a resolver y despejar una parte de mi perplejidad: demasiado Nanni Moretti y poco padre de familia. Como guionista y director se ha dado a sí mis­mo excesiva presencia, a pesar de que co­mo actor da poco de sí.

Y en esto mismo advierto la deficiencia o insuficiencia del dolor por la muerte del hi­jo: no había verdadero amor. Las cariñosas escenas paterno-filiales, tras de la muerte recordadas, no expresan tanto amor de padre a hi­jo, sino más bien: ¡Qué bien estoy yo junto a este hijo! Y este yo resulta aún más deficiente en tanto que -insuficiente actor- en esas escenas más bien se expresa: ¡Qué satisfecho estoy yo, Nanni Moretti, haciendo de padre junto a es­te chico que hace de hijo mío!…

¿Álguien ha dicho que en una obra de arte el yo debe desaparecer? ¿Álguien ha dicho que la obra de arte exige humildad? Lo han di­cho, y lo repito.

Y si pensáramos que en La habitación del hijo el amor de padre es humanamente completo, pleno, al ser el protagonista ateo, en tan­to que sin fe en la inmortalidad del alma, sin fe en la vida eterna, su dolor por la muer­te del hijo tendría que ser desesperado: Para mí y para mi personaje -responde Na­nni Mo­­retti en una entrevista- “cuando se cierra este ataúd, es realmente el final. Su hijo está muer­to, no lo volverán a ver, de ninguna manera, de ninguna forma”. Eso concluyo: no ha habido verdadero amor, no hay verdadero dolor por su pérdida. O la capacidad interpretativa de Nanni Moretti no sabe mostrar desesperanza alguna (más tremendo es el llanto de la madre, cuando el director concede un breve plano a Laura Mo­rente), o bien es que como guionista no ha sabido escribir hondura. “No soy creyente”, dice; tal vez ahí esté la razón de este vacío ante la vida, sí, ante la vida, y el vacío ante la muerte que muestra La habitación del hijo. Por tanto, un amor insuficiente.

Pero mi perplejidad o, mejor, mi desazón, permanece ante el entusiasmo y casi delirio por esta película, fría. Drama cuya posible den­sidad se deslíe, se disuelve, por el tono cos­tumbrista, de cotidianidad casi documental, de ambiente urbano, hasta de paisaje ma­rítimo, que el director le ha querido dar. Y, así, las imágenes del dolor se airean sin llegar a cuajar; huecas, sin poder adensarse.

Pedro Antonio Urbina