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La invención de Hugo

Scorsese se lanza por fin a tumba abierta a rodar ese homenaje a la magia del cine que siempre parecía prometer y consigue salir victorioso.

Hugo, 2011 País: EE.UU. Dirección: Martin Scorsese Guión: John Logan, Brian Selznick Fotografía: Robert Richardson Montaje: Thelma Schoonmaker Música: Howard Shore Intérpretes: Asa Butterfield, Chloe Grace Moretz, Sacha Baron Cohen, Ben Kingsley, Jude Law, Emily Mortimer, Christopher Lee 126 m. Todos los públicos Distribuidora: Paramount Estreno: 24.2.2012

Tributo a los orígenes del cine

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En estos tiempos de crisis, La invención de Hugo es más que una rara avis, es directa­mente una avis de otro planeta que ha lle­gado en el momento más inesperado para el goce y disfrute de aquellos que amamos es­ta cosa llamada cine, como diría Puma­res. A Scorsese básicamente le han dado 170 millones de dólares con la excusa de ha­cer una película para niños en 3D, y el bue­no de Martin ha hecho lo que le ha da­do la gana con tanta pasta para poder por fin llevar a cabo ese gran homenaje al sépti­mo arte que toda su obra cinematográfica y documental siempre parecían prometer. El pre­cio a pagar es que el filme sólo ha recau­da­do 55 millones a los casi dos meses de su es­treno en Estados Unidos. Y es que hay po­cos niños que aguanten las más de dos ho­ras de metraje que tiene la cinta sentados, entre otras cosas, pero sospecho que a Scor­sese eso le da exactamente igual.

Hugo Cabret (Asa Butterfield) es un ni­ño huérfano que vive en la estación de tren de Montparnasse de Paris en los años 30. Hu­go sobrevive robando comida en los comer­cios de la estación, mientras mantiene en funcionamiento el gran reloj, oficio que he­redó de su padre (Jude Law), quien murió en un incendio. Su verdadera ambición, sin embargo, es arreglar un robot autómata que encontró su progenitor en un museo y que puede guardar conexión con uno de los gran­des pioneros del cine, George Méliès.
No vamos a descubrir la vocación cinéfila de Scorsese. Sus películas están llenas de gui­ños a obras de otros cineastas (la herencia hitchcockiana de Shutter island, su ante­rior filme, es más que indudable) cuando no son directamente remakes, como en el ca­so de Infiltrados, la cinta que le trajo la glo­ria del Oscar. Pero el director italoamerica­no ha llevado su obsesión y dedicación más allá, realizando estupendos documenta­les dedicados a recorrer la historia del ci­ne americano y europeo desde sus orígenes, así como también ha impulsado la restauración de películas de grandes realizadores clá­sicos que habían caído en desgracia o esta­ban en el olvido. Notoria es su reivindica­ción de Michael Powell, el esplendido direc­tor ingles responsable de películas tan asom­brosamente poéticas en lo temático y en lo formal como Las zapatillas rojas, Nar­ci­so negro o A vida o muerte.

Powell dio un pa­so en falso al rodar El fotógrafo del miedo, una audaz película sobre un asesino que fotografiaba a sus victimas, y perdió el fa­vor del público por considerarle macabro. Años después, Scorsese rehabilitó su obra y Po­well recuperó su lugar como uno de los gran­des magos primigenios del cine.

¿Y todo este rollo a santo de qué viene?, se preguntarán. Pues viene a cuento de que La invención de Hugo es precisamente la sín­tesis de todo ese bagaje llevado a la perfección cinematográfica en la forma de la obra más abiertamente personal de la filmo­grafía del cineasta. La película parece rei­vindicar a título individual a Méliès (Via­je a la luna), uno de los primeros artesa­nos de la cinematografía y de los efectos es­peciales, que, como Powell, también vivió muchos años en el olvido, pero en reali­dad es una reivindicación global del lengua­je cinematográfico y del cine como la dis­ciplina artística más cercana a la magia. Pue­de sonar todo lo cursi que quieran, pero Scor­sese no da pie al cinismo y regala uno de los mejores homenajes al cine que nunca se hayan rodado. Para ello utiliza como ba­se La invención de Hugo Cabret, novela grá­fica infantil de Brian Selznick, primo del legendario productor David O. Selznick (Lo que el viento se llevó).

La cinta, sin embargo, no vive sólo de la nos­talgia. El 3D, por una vez, no es un me­ro capricho y, aparte de ser utilizado con una fluidez asombrosa, es la guinda del pas­tel al tributo diseñado por Scorsese. Cuan­do la vean, lo entenderán, pero ya les ade­lanto que La llegada del tren, de los herma­nos Lumière, cobra un nuevo significado. Y luego el diseño de producción de Dan­te Ferretti, el montaje de Thelma Schoon­maker (por cierto, la viuda de Mi­chael Powell) y la música de Howard Sho­re son simplemente lo mejor del año en ca­da apartado. Todos ellos tienen ya por lo me­nos un Oscar, pero se merecen otro. Y Scor­sese, con permiso de Terrence Malick, tam­bién.

Si algo hay que achacarle a la película es lo mucho que se recrea el guión en la prime­ra media hora en contar las correrías dicken­sianas del niño protagonista (muy presentes en el equívoco tráiler), cuando después queda claro de qué va realmente la his­toria. Aunque de alguna manera tenía que justificar el realizador que estaba rodan­do una película infantil…