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La piel que habito

Pedro Almodóvar cambia el envoltorio para contar una oscura y monstruosa historia de venganza, pasión, identidad y sexo. **

LA PIEL QUE HABITO, 2011 País: España Dirección y Guión: Pedro Almodóvar Fotografía: José Luis Alcaine Montaje: José Salcedo Música: Alberto Iglesias Intérpretes: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes, Jan Cornet, Roberto Álamo, Blanca Suárez 117 m. +18 años (sexo crudo, violencia) Distribuidora: Warner Estreno: 2.9.2011

Melodrama en la epidermis

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No es extraño que Pedro Almodóvar se sin­tiera atraído por Tarántula, una novela cor­ta del francés Thierry Jonquet que narra con descarnado realismo y pasajes pornográfi­cos la malsana y enfermiza obsesión de un ci­rujano por una misteriosa mujer físicamen­te perfecta.

En la novela de Jonquet están algunos de los temas recurrentes en la fil­mografía del director manchego: la búsque­da de la identidad, el oscuro mecanismo del deseo, la violencia de las pasiones y el se­xo: mucho sexo; morboso, violento, mecáni­co, utilitarista. Almodóvar ha añadido de su cosecha otro de sus temas constantes -la fuer­za de la maternidad-, que no estaba en la novela.

Lo primero que hay que decir es que esta cin­ta pertenece al “lado masculino” de la filmo­grafía de Almodóvar, que es lo mismo que decir, como él mismo reconoce, al lado os­curo. La película está a años luz de Volver o Mujeres al borde de un ataque de nervios, y un poco más cerca de Hable con ella, Carne tré­mula y La mala educación. Se habla de un gi­ro en la filmografía del director y, en cierto mo­do, es así.

El realizador manchego cambia su habitual registro abigarrado y folclórico (ya se apar­tó de él en Los abrazos rotos) para crear un ambiente frío -sería mejor decir gélido-, es­tático, contenido, misterioso. Sin dejar por eso de ser, en la manera de rodar y compo­ner los planos, Almodóvar cien por cien. Hay varios elementos que sostienen este gi­ro: la música de Alberto Iglesias, la elabora­dísima planificación y las contenidas interpretaciones de Antonio Banderas y Ele­na Ana­ya.

A nivel formal y de puesta en escena todo fun­ciona como un reloj suizo, de ahí la sensa­ción que pueden tener algunos de estar an­te una película grande o, cuando menos, in­teresante. De ahí también la afirmación de Al­modóvar, “esta película hay que verla por se­gunda vez”. Para pensarla, para entenderla.

Confieso que esta sensación duró unos pocos minutos, muy pocos. La película no me aguan­tó una segunda pensada. Reconozco que el envoltorio, la piel que recubre la cinta, es de buena calidad. Es un papel vistoso y atractivo, subyugante y perturbador, pero la materia narrativa es paupérrima y está hin­chada a base de artificio, de acumulación de elementos bizarros, de caprichosa distribu­ción del tiempo (el único objetivo de un lar­go primer acto inútil desde el punto de vis­ta del argumento es crear en el espectador una sensación de extrañeza) y de exagera­da contención. El choque entre la brutalidad de lo que se cuenta con la frialdad del to­no y de los personajes -especialmente el in­terpretado por Antonio Banderas- acaba pa­sando factura al film.

Una película salvaje, violenta, brutal, en la que una violación sucede a otra, y ésa a otra, y a otra aún peor… y en la que, sin embar­go, es casi imposible sentir odio por el ver­du­go, pena por la víctima, nostalgia por los muer­tos. La gélida puesta en escena es ca­si frí­vola y acaba contagiándose al especta­dor. Lo que se le cuenta es horrible pero es tan leja­no, tan ajeno, tan bizarro, tan prepa­rado, tan artificial, tan poco verdadero, tan operís­ti­co… que se queda en la epidermis.

Ana Sánchez de la Nieta