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La Princesa Mononoke

 

Un ecologismo de rostro humano

El argumento se sitúa en la era Muromachi (1392-1573), periodo singular en la historia de Japón caracterizado por el desarrollo de la industria metalúrgica, las armas de fuego, una mayor libertad para la mujer y una sociedad donde aún no había hecho mella la rígida estructura de clases. En este Japón antiguo lleno de rebeldía, guerreros samurais y pueblos separados por miles de kilómetros, una guerra se desencadena en el campo. El clan Tatara, fundidores de hierro, empiezan a arrasar los bosques. Comienza así un conflicto bélico entre la civilización invasora y los dioses del bosque. Muy lejos de allí, Ashitaka, el último joven guerrero del clan Emishi, se ve obligado a matar a un monstruo para proteger a su pueblo. Al matarlo, la maldición de la bestia cae sobre él como una peste que irá poco a poco extendiéndose por su cuerpo. Ashitaka emprende un viaje hacia las tierras del clan Tatara, donde espera comprender el origen de la misteriosa maldición antes de que se cobre su vida. Allí conoce a la enigmática lady Eboshi, dueña de la ciudad del hierro, y a SanPrincesa Mononoke-, una joven criada por los lobos y dispuesta a morir para derrotar a los humanos. Sin querer, Ashitaka se verá envuelto en una agria lucha entre dos pueblos enfrentados entre sí y con los dioses del bosque.

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Con tres años de retraso desde su estancia en Japón y avalada por el éxito de crítica y de público -es la película más taquillera de la historia de Japón-, nos llega la última obra de Hayao Miyazaki (Porco Rosso, 1992).

En el cine, el mundo en estado natural ha tenido pocas veces la oportunidad de exponer su punto de vista. Pero en La Princesa Mononoke, Miyazaki dota de una voz apasionada a los animales y a la propia alma del bosque. La naturaleza no es sólo objeto de la película, ni siquiera el decorado principal, sino sobre todo un mundo vivo que cobra una presencia portentosa en forma de enormes animales.

El autor no se ha propuesto recrear un retrato excesivamente preciso del Japón medieval. Más bien parece querer descubrir los principios de un conflicto aparentemente insoluble entre el mundo natural y la civilización moderna e industrial, un conflicto que está muy lejos de haberse acabado en nuestro mundo. Los asuntos que aborda La Princesa Mononoke son universales. Tratan de la lucha de los hombres y de las mujeres por vivir en armonía los unos con los otros, y en comunión con la naturaleza.

Miyazaki crea para los fondos unas acuarelas de belleza conmovedora y emocionante. Sitúa a los personajes en un entorno natural muy bien captado. La historia cobra vida trascendiendo todos los límites habituales de la animación como los de las películas de acción. Combina el realismo y la precisión con un dinámico relato épico de samurais; un reparto de personajes masculinos y femeninos colocados en pie de igualdad, que luchan por sus convicciones, y un viaje mítico por la mitología animista. Un mundo original y complejo, plagado de dramas fraguados por una imaginación desbordante.

Miyazaki con esta película se reafirma como uno de los mejores y más interesantes realizadores, junto a Kitano, en el panorama japonés. Su cine, de un profundo humanismo, reivindica un optimismo vital hecho de interés por las relaciones padres e hijos, la religión, el valor de los ancianos en la sociedad, por la naturaleza, la fantasía, el desarrollo tecnológico, la búsqueda permanente del bien común…, todo con abundantes toques de humor y ternura.

Resulta difícil imaginar la película en otro lenguaje que no sea el de la animación. Dioses y hombres en una leyenda épica donde no hay vencedores ni vencidos. Lejos del espiritualismo New Age y del materialismo biologista, Miyazaki nos propone -y acierta- un ecologismo de rostro humano.

Jesús Ruiz

 Dirección: Hayao Miyazaki Guión: Neil Gaiman Voces: Claire Danes, Billy Crudup, Minnie Driver, Billy Bob Thornton

País: Japón,1997