La soledad

La soledad
La soledad

Dirección: Jaime Rosales Guión: J. Rosales, Enric Rufas Fotografía: Óscar Durán Montaje: Nino Martínez Intérpretes: Sonia Almarcha, Petra Martínez, Miriam Correa, Nuria Mencía Duración: 130 m. Público adecuado: Jóvenes-adultos Distribuidora: Wanda

España, 2007. Estreno en cines: 01.06.2007

La soledad: Bocados de realidad

Jaime Rosales (Barcelona, 1970) colocó su primer largometraje en la Quin­ce­na de Realizadores del Festival de Cannes 2003. Las horas del día despertó mucho interés y se llevó el Fipresci de la crítica internacional con su austero relato sobre la vida “corriente” de un asesino en serie interpretado con solvencia por Alex Brendemühl.

Con su segunda película, también aplaudida en la sección “Una cierta mirada” de Can­nes, Rosales confirma que es uno de los cineastas españoles a seguir. El realizador catalán, formado en la escuela de cine cubana de San Antonio de Baños (allí estudió también el sevillano Benito Zambrano), cuenta la historia de dos mujeres muy diferentes: Adela es una joven madre separada, Antonia es viuda y tiene tres hijas ya adultas. Rosales aprovecha sus aparentemente normales existencias para hablar de temas universales, del sufrimiento, del miedo a la muerte, de la maternidad, de la esperanza y, sobre todo, de la soledad, una soledad existencial, como señala el propio cineasta, que rodea al individuo cuando descubre que está solo ante el dolor profundo, ése que no puede compartir con nadie.

No es fácil adentrarse en estos temas con una cámara al hombro, y hacen falta convicción y ganas para lanzar estas reflexiones a la pantalla grande. Para salir airoso del lance, Rosales se ha guardado las espaldas con un arma que nunca falla, un trabajado guión, y ha arriesgado con una nueva forma de rodar y montar: la polivisión. Pero vayamos por partes.

En cuanto al guión, destaca en La soledad la sólida construcción de los personajes -por otra parte estupendamente interpretados- y la fuerza de unos diálogos que suenan con una naturalidad y una verosimilitud infrecuentes en el cine español.

En cuanto a la técnica, Rosales ha montado casi un tercio de la película a través de una doble pantalla en la que el espectador puede observar una misma escena desde dos puntos de vista, y que sirve también para reflejar de una manera patente la soledad de los personajes que, en muchos casos, no llegan ni a mirarse. El montaje es novedoso, pe­ro imprime un tono de cierta frialdad y despego que se contagia a toda la película y le hace perder fuerza dramática.

A Rosales le ha salido una película realista, tanto que ni siquiera se extraña la falta de música, a ratos excesivamente lenta y triste por los temas que trata, pero no desesperanzada, y aunque se echa de menos una apertura más clara a la trascendencia, que la propia narración pide a gritos, hay una mirada optimista al ser humano y a su capacidad de “resurgir”.