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La vida de Adèle


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Detrás de la polémica se esconde solo una película de argumento nimio y una acusada tendencia a la superficialidad (**)

Dirección: Abdellatif Kechiche Guión: A. Kechiche, Ghalia Lacroix Fotografía: Sofian El fani Montaje: Ghalia Lacroix, Albertine Lastera, Jean-Marie Lengelle, Camille Toubkis Intérpretes: Léa Seydoux, Adèle Exarchopoulos, Jeremie Laheurte, Mona Walravens Duración: 179 minutos Distribuidora: Vértigo Público adecuado: +18 años (X+D+)

La vie d’Adèle. Francia, 2013. Estreno en España: 25.10.2013

La profundidad de la epidermis

Pocas cosas me gustan tanto de mi profesión como enfrentarme a películas que suponen un reto intelectual. Uno de esos títulos complejos que, quizás abordando cuestiones espinosas, exigen al crítico una mirada pausada, un análisis de doble vuelta porque tocan el alma humana a través de una historia, se adentran en los complejos mecanismos del comportamiento de las personas o exponen la profundidad de un determinado pensamiento. El crítico, como sujeto que es, puede estar más o menos de acuerdo con esa historia, ese comportamiento o aquel pensamiento pero, si lo que está analizando es arte y nervio, cuanto más complejidad, más disfrutará del recorrido.

Me enfrento a La vida de Adèle con esta actitud. Es la ganadora de la pasada edición de Cannes y ganó la Palma de Oro rodeada de adjetivos grandilocuentes por parte de la crítica. También hablaban del explícito tratamiento del sexo y de los 179 minutos de duración de la película pero, lo dicho, envuelto entre tanto elogio que parecía que -tanto lo uno como lo otro- eran el peaje para contemplar una obra maestra sobre la adolescencia, o una profunda reflexión sobre el amor homosexual y sus contradicciones o el retrato definitivo de la sexualidad femenina. Cuestiones todas ellas espinosas pero de innegable interés, de esas que el crítico disfruta batiéndose en duelo.

La decepción llega pronto y, al terminar la película, ha sido absoluta. Me encuentro con un argumento bastante simple. La vida de Adèle cuenta en 179 larguísimos minutos la historia de una adolescente que después de una torpe relación sexual con un compañero del instituto se siente atraída por una estudiante de Bellas Artes y comienzan una apasionada y frenética relación afectiva y, sobre todo física, que terminará diez años después con la misma rapidez, al menos para una de ellas, con la que empezó.

El manejo del tiempo no es el fuerte de Kechiche en esta película en la que después de avanzar con una premiosidad casi enojante se cuenta el camino del primer beso al primer sexo en unos pocos segundos para detenerse después en una larguísima y explícita escena que, como señalaba una conocida crítica americana, más que de sexo humano es de apareamiento animal. El atropellado trayecto amoroso me resulta inverosímil y artificial. La relación de las jóvenes se resume en unas cuantas conversaciones culturetas en las que hablan de filosofía, arte o cine y una sucesión de encuentros sexuales que no aportan narrativamente nada nuevo. ¿Y la adolescencia? ¿el conflicto? ¿la contradicción? Prácticamente ni se incoan. Un poco en el origen de la cinta… pero se quedan en la epidermis. No hay apenas recorrido. O, para no ser injustos, se dejan a Adele Exarchopoulos, la joven actriz protagonista que -con la cámara continuamente pegada a escasos centímetros- llora, rie, coquetea, besa y sufre con gran naturalidad. El director de casting ha dado en diana con esta actriz guapa, vulgar y carnal, pero eso no es suficiente para apuntalar una historia de guión nimio, y a falta de historia, es el espectador o el crítico el que tiene que añadir profundidad -otra vez- a la epidermis.

Al final, hay que darle la razón a la creadora del cómic que denunciaba que no reconocía a sus personajes en la película, tachaba las escenas de sexo de ridículas y pornográficas y terminaba resumiendo que la adaptación de su novela se ha convertido en un proyecto voyeurístico centrado en reflejar las fantasías de algunos hombres sobre el sexo lésbico. Algo similar sentenciaba Manohla Dargis en su crítica en The New York Times: “la película se siente más cercana a los deseos del señor Kechiche que a cualquier otra cosa y esto es decepcionante”. Las denuncias de las actrices al modo obsesivo y tiránico como rodó Kechiche su película -“no volveremos a trabajar con él, nos pidió cosas que nadie se atreve a pedir”- no hacen más que confirmar esta teoría. ¿Y el premio? Parece que Kechiche no era el único voyeur en Cannes. ¿Y la crítica? Un misterio… Pero la suma del cansancio después de ver decenas de títulos en un Festival de edición poco brillante y el efecto de una actriz bella y sensual expuesta durante 179’ puede distorsionar el juicio en una profesión mayoritariamente masculina. Por ahora, a las mujeres, que son las que saben más de las cuestiones afectivo-sexuales femeninas, les ha gustado mucho menos la película.

En cualquier caso, el tiempo pondrá a La vida de Adèle en su sitio y, quizás me equivoque, pero pienso que no tendrá largo recorrido esta película epidérmica y, como tal, absolutamente prescindible. De momento la Academia Francesa ni siquiera la ha preseleccionado para los Oscar… han preferido la mediocre Renoir, otra película con exceso de carne desnuda pero con algo más de alma.

Ana Sánchez de la Nieta