El alma de Chaplin

Roberto Benigni leyó hace años una biografía de Trotski en la que se narraba que mientras esperaba a que Stalin diera la orden para su fusilamiento escribió: «La vida es maravillosa». A partir de esta idea, tan simple como amplia, Benigni ha rodado una de las películas más optimistas de la historia del cine, al lado de la cual el bueno de Frank Capra y su ¡Qué bello es vivir! es una especie de apología del pesimismo.

La película es un cuento infantil y, como todos los cuentos infantiles, tiene sus príncipes y sus princesas. Pero también tiene sus monstruos, porque en todo buen cuento que se precie la crueldad acecha y puede cebarse en cualquier momento con los protagonistas.

La historia se divide en dos partes. La primera es luminosa, con un humor ingenioso y una rapidez de película musical. En ella Guido, un camarero judío que vive en la Toscana, se enamora de una profesora y hace lo posible y lo imposible por ser correspondido. La segunda parte, para no desvelar nada de la trama, se desarrolla en un lugar tenebroso, en la guarida del monstruo, donde reinan los malos. Es un lugar sin ilusión, donde chocarán la realidad con el mundo hasta entonces radiante de Guido, que luchará con sus mejores armas, la imaginación y Schopenhauer, para preservar la inocencia de su hijo.

Benigni es un cómico de reconocido prestigio en Italia, famoso por sus excesivas muestras de entusiasmo. Cuando ganó en Cannes el Premio Especial del Jurado, no paró hasta bailar y besar los pies al presidente del Jurado, un apabullado Martin Scorsese.

Benigni no ha buscado en La vida es bella el realismo absoluto. Así, ha estilizado los decorados y las situaciones, dando incluso un sentido surrealista a algunas de las escenas, pero sin quitarle horror al momento histórico en que se sitúa, allá por la Italia de 1939. El horror y la brutalidad siguen estando allí, pero Guido da un nuevo significado a cada circunstancia, haciendo equilibrios entre lo puramente cómico y lo amargamente trágico, llegando en algunos momentos a hacer pensar al espectador si debe reírse o no por los terribles hechos.

Es sin duda una obra maestra que bebe del mejor Chaplin, de visión imprescindible sobre todo para los que ven la botella medio vacía. Es uno de los más grandes alegatos jamás filmados contra el racismo, una crítica social desconcertante que hará reflexionar entre risas, consiguiendo Benigni sobradamente su objetivo de demostrar que, hasta en los momentos de mayor dolor y opresión, la vida sigue siendo bella.

Juan Velarde

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