Las invasiones bárbaras: El declive del occidente cristiano

Obtuvo este año en Cannes el Pre­mio al Mejor Guión, y a la Mejor In­terpretación Femenina, ¡a todas las fé­minas, que son seis principales! No es que los actores desmerezcan, es que ellas se salen de la pantalla. Denys Arcand es uno de esos directores-guionistas que necesitan absolutamente de buenos actores, porque el texto -sus magníficos diálogos- no es que sea todo, pe­ro es muchísimo del casi todo. Por tanto, se trata de un guión que también se sale de la pan­talla (“Escribí el guión en estos dos últimos años: ¡Cielos, para que tomen nota esas peliculejas de quita y pon!”).

En el título de mi comentario he jugado con el de una de las más conocidas películas del director: El declive del imperio americano (1987), pues ésta de Las invasiones bárbaras, aunque de una manera más alarmante y dramática, continúa de alguna manera esa obra y su tema. Él mismo lo afirma: “Hace tiempo que el tema me persigue, pero nunca había conseguido darle una forma que me con­venciera. Siempre acababa con guiones lú­gubres y deprimentes hasta que se me ocurrió usar los personajes de El declive del imperio americano. Su humor, su cinismo y su inteligencia me permitían abordar el tema con una ligereza que me gustaba”.

El tema. ¿Cuál es el tema? He observado -quizá debido a ese ambiente social generalizado de declive- que grandes autores, como aquí es el caso de Arcand, al hablar de sus obras disimulan un poco el contenido religioso, que está en ellas. Tal vez para que esa sociedad declinante no las rechace de antemano. Porque la verdad es que si Arcand habla fuera de su obra del declive de la cultura y de la civilización actuales, en su obra, dentro de ella, se habla de eso, pero más del declive de la fe religiosa, muy en concreto, y en tono dra­mático disfrazado de humor cínico, de la fe católica, y bajo el influjo del imperio americano. Las invasiones bárbaras se limitan por ahora a destruir ese imperio americano: em­pezaron con las Torres Gemelas el 11 de sep­tiembre de 2001… Esta es la convicción del personaje principal de la película, pero sin duda es también la de Arcand, que nunca ha sido un autor superficial: Jesús de Mon­treal (1989), y La verdadera naturaleza del amor (1995), aunque sea adaptación de obra ajena, lo indican.

La ambientación y la fotografía, en especial la fotografía de paisajes, son excelentes. No sólo el guión es de una gran viveza, y con unos diálogos acertados, inteligentes y chispeantes, sino que las, en general, breves escenas son llevadas con muy buen ritmo, siguiendo el tono de chispeante humor de los diá­logos, en el que alcanza mayor y mejor eficacia la debida lentitud de los pasajes más trágicos. Para ilustrar ese declive moral, Ar­cand no duda en hacer decir a sus personajes frases muy gruesas y tremendas, como tremenda fuerza desgarradora con que presenta el casi insoportable vacío del alma del personaje principal -y el de sus amigos y de su familia- ante su propia muerte, urgida: oscuridad y nada, nada. Aunque Arcand en su remate final eleva la cámara a lo alto y más allá, largamente más allá, de las nubes.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Guy Dufaux
  • Montaje: Isabelle Dedieu 
  • Música: Pierre Aviat
  • Dirección Artística: François Séguin
  • Distribuidora: Golem 
  • Estreno en España: 19.12.2003

Francia/Canadá, 2003.