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Las viudas de los jueves

En un desolador retrato de la alta burguesía argentina, Marcelo Piñeyro saca a relucir la verdadera miseria sobre la que flotan los problemas del país: el nihilismo y la hipocresía

España/Argentina, 2010. Estreno en España: 26.03.2010

Las entrañas de la crisis

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Los argentinos llaman countries a las urba­nizaciones privadas de lujo, paraísos de tran­quilidad obscenamente pegadas a las vi­llas miserias. Las viudas de los jueves se si­túa en una de ellas. Cuatro matrimonios asis­ten a la crisis del año 2001 tras muros y alam­bres de espino, custodiados por agen­tes de seguridad armados con fusiles y cá­ma­ras de vigilancia. Pese a todo, la muer­te se filtra por las rendijas de la vida mis­ma.
Marcelo Piñeyro (Kamchatka, El método) lle­va tiempo explorando territorios de desola­ción, a veces escondidos en trajes de dise­ño y maletines de ejecutivos. En Las viudas de los jueves adapta la novela del mismo título de Claudia Piñeiro, gran éxito edi­torial en Argentina. Y pese a fallos puntua­les -alguna transición en el montaje, algún tópico en el guión, alguna concesión al mor­bo…-, la fuerza de la historia se impone desde el misterioso principio.
El flashback es aquí, más que un recurso re­tórico, la esencia misma de la historia. La pe­lícula arranca mostrando la muerte de tres de los protagonistas, una muerte líquida, engañosamente hermosa. Flotan los cadá­veres en una piscina mecidos por la músi­ca, tan acariciadora como inquietante. El re­curso retórico nos indica que la película nos va explicar qué ha pasado, pero la reali­dad profunda que nos va transmitiendo ca­da escena, cada plano, cambia la dirección hacia una tenebrosa literalidad: la muer­te siempre estuvo allí. Desde el principio. Desde que algo se torció en la Ar­gen­ti­na. En el ser humano.
La trama avanza con la cotidianidad de las cuatro parejas, problemas de vidas high standing que, sin embargo, flotan sobre una realidad terrible. “Cuando era chico creía en la religión; después creí en la demo­cracia; ahora sólo creo en la guita (el dine­ro)”, dice el cínico Tano. El resto, hipócri­tas, lo grita en silencio.

Una estilización apropiada al género

Podría criticarse el hecho de que los perso­najes desempeñan roles demasiado obvios, con lo que el guión adolece de un cier­to esquematismo. Quizá. Pero creo que más bien habría que hablar de una estilización apropiada al género que en realidad apun­ta, una tragedia griega con todas las de la ley, con coro incluido -las imágenes de los telediarios en los televisores de muchas pul­gadas del country muestran los disturbios de la plebe a finales de 2001, cuando se forjó el grito de “Que renuncien (dimitan) todos”.
Un toque social que no hace sino apunta­lar la tesis central: el problema es humano. Después del dinero, del absoluto narcisis­mo materialista, ¿qué queda? Ante el nihi­lismo rampante, sólo la esperanza insobor­nable de Ronnie, obstinado en creer que el amor de su familia puede salvarlo. Y la úni­ca solución: huir del country… Aun­que, sea­mos justos: no sin antes enseñarnos la vía de escape. Porque, afortunadamente pa­ra los prófugos, aún se puede hacer un cine di­ferente a Avatar. De acuerdo que hay otros mundos. Pero el problema está aquí. O acá.

Ángel Peña

Dirección: Marcelo Piñeyro Guión: M. Piñeyro, Marcelo Figueras Fotografía: Alfredo Mayo Montaje: Juan Carlos Macías Música: Roque Baños Intérpretes: rnesto Alterio, Juan Diego Botto, Pablo Echarri, Leonardo Sbaraglia, Gloria Carrá, Ana Celentano, Juana Viale Duración: 122 min. Público adecuado: Adultos Distribuidora: Alta Classic