Lost in translation: Tokio, una burbuja de cristal

Un cuento de hadas en el que el príncipe no ríe y la princesa vive encerrada en un castillo de cristal. Con­mo­ve­dor planteamiento para nuestro azaroso si­glo XXI el de Lost in translation. Una de las capitales emblemáticas de la modernidad, Tokyo, es el lugar elegido por So­fia Coppola (Nueva York, 1971) para si­tuar el encuentro en un hotel de lujo entre un actor en declive –Bob Harris– y una licenciada en Filosofía por Princeton –Charlotte-.

Interpretado por un magnífico Bill Mu­rray, el protagonista masculino viaja a To­kyo para promocionar una marca de whisky japonés del que, de manera cómica e incomprensible, él es la imagen. En el Tokio Hyatt también vive temporalmente Charlotte (Scar­­­­lett Johansson), una joven con aire de virgen suicida que busca su camino vital y emocional mientras acompaña a su marido fo­tógrafo. Dos personajes dispares en una ciudad desconocida e impenetrable. El lugar perfecto para la sinceridad.

Desde el comienzo, la diferencia entre ambos aparece definida por su interactuación con la ciudad (tercer protagonista del filme); las apariciones de Bob, marcadas por la iro­nía y la comicidad ambivalente, contrastan con el intimismo y la introspección que guían las secuencias de Charlotte. Su encuentro supone un choque desconcertante y químicamente explosivo para sus vidas. Sofía Co­ppo­la plantea de forma elegante y contenida una relación personal sincera que encuentra el elemento co­mún en la soledad. Los bares, restaurantes, templos y las calles de Tokyo son testigos mu­dos de una historia que reporta análisis e introspección para cada uno de ellos, sin prejuicios ni moralinas, pero que en­seguida pierde el ritmo y la acción se desvanece entre tanto impacto visual de la gran urbe.

Intimismo dramático

La dialéctica se intenta completar con una fotografía correcta y una banda sonora que contagia el estado anímico de Bob y Char­lo­tte. Si en Las vírgenes suicidas (1999), la ban­da francesa Air reclutaba al espectador hacia el intimismo dramático de la historia, en Lost in translation los Sex Pistols, Pre­ten­ders o Elvis Costello corroboran la presencia americana como música diegética en el mundo nipón. La comunicación musical es fundamental, y en ella la directora juega de nuevo con la ambivalencia entre la admiración por Japón, y su ridiculización en el contexto de la comedia. El país muestra una ventana diferente al mundo, incomprendido por los americanos desde ese ombliguismo mundial que sincroniza con un nacionalismo caduco y absurdo.

Después de demostrar su capacidad imaginativa y su gran sensibilidad como directora en Las vírgenes suicidas, Sofía Coppola ofre­ce planos que hablan por sí mismos, man­teniendo miradas y captando sentimientos que nunca se pronuncian. Pero esta arries­­gada apuesta roza lo pretencioso, y la historia parece que se estanca y que no acaba de arrancar aún cuando ya ha terminado la película.

Aún así, Lost in translation es algo más que una simple comedia. La perdurabilidad de sentimientos y la reflexión alzan la película a una categoría superior marcada por la reflexión vital y un buen hacer cinematográfico, en el que se perciben imperfecciones propias de una realizadora con pocas horas de vuelo. El filme opta a los Oscar a mejor película, director, guión y actor. Ya ganó tres Glo­bos (mejor película -comedia o musical-, mejor guión y mejor actor) y dos premios en Valla­do­lid.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Lance Acord
  • Montaje: Sarah Flack
  • Música: Brian Reitzell, Kevin Shields
  • Distribuidora: UIP
  • Estreno en España: 13.02.2004

EE.UU./Japón, 2003

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Reseña
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Laura Pousa es guionista y doctora en Historia del Cine por la Universidad Autónoma de Madrid