Lucky

Crítica de la película

Harry Dean Stanton nos lega una enorme interpretación en esta opera prima de John Carrol Lynch, que mezcla géneros como el western, la comedia y el drama

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Lucky

· Lucky es un testamento en el que su redactor, Harry Dean Stanton, atestigua que el cine también puede ser un instrumento para dar fe de cómo ha sido una vida.

El arte de morir

John Carrol Lynch, cara conocida en papeles secundarios de cine y televisión, se estrena
en la dirección con su primer largometraje, Lucky, a cuyo título da nombre el protagonista, un nonagenario veterano de guerra, irreductible en sus rutinas en un pueblo en el Medio Oeste, que (re)descubre el valor de su vida cuando tiene un leve accidente doméstico y ve asomarse a la muerte. Lucky plantea una historia corriente, aparentemente insípida, que solo encontraría significado y empatía para el espectador si fuera acompañada y coloreada de elementos cinematográficos sobresalientes.

Y sí, los encuentra. Con un guion inmaculado, sencillo, técnicamente intachable, realizado
por amigos del propio protagonista, planos largos, ritmo lento y pausado, una estética austera y sobria, y una casi inexistente fotografía en un escenario natural copado por el desierto, se engarzan todos estos elementos para dar luz a Harry Dean Stanton. Y es aquí donde se produce el fenómeno más destacable de la película, que trasciende incluso al propio filme: el personaje de Lucky es abducido por el propio actor, Stanton, el cual, fallecido poco después del rodaje, decide realizar este acto de última voluntad cuya única cláusula es un canto a la vida a través del cual nos enseña su propia biografía más allá de la pantalla, sus miedos (“Tengo miedo”, confiesa a Loretta), y defiende fervorosamente que la soledad también se puede sobrellevar con realismo.

La cinta de Carrol Lynch mestiza géneros (western, comedia, drama) y plantea otro, nacido
en los últimos años, el de la vejez, el “gerontocine”, en el que hombres experimentados y cansados de la vida intentan (o no) exprimir sus últimos años de vida. Aunque Lucky, no lo olvidemos, no es solo un drama en el que se dirimen conflictos interpersonales; ni una es una comedia tiznada de situaciones incómodas; ni un alegato contra la soledad en la ancianidad. Lucky es algo más que todo esto; es un testamento en el que su redactor, Harry Dean Stanton, atestigua que el cine también puede ser un instrumento para dar fe de cómo ha sido una vida, y de cómo puede haber belleza incluso en la vejez y en la condición trágica del ser humano.

Lucky
David Lynch y Harry Dean Stanton en Lucky (2017), de John Carroll Lynch

Mención aparte y especial para David Lynch, cuyo personaje existencialista perfectamente podría haber sido escrito y diseñado por él mismo y para sí mismo, quien busca desesperadamente a su galápago perdido en el desierto. Es ahí donde el director, en el arrastrarse lenta y fatigosamente de este animal en la escena inicial y final, nos dibuja el sentido de la búsqueda de lo que queremos ser o de lo que nunca tendremos, contraponiéndolo al deambular por las calles del pueblo por parte de Lucky a lo largo de todo el relato, significándolo como el sino del hombre solitario apegado a la tierra y sus costumbres.

Harry Dean Stanton nos lega una obra maestra, una interpretación que póstumamente dibuja el atardecer, casi anochecer de una vida que acaba, más allá del cielo desnudo de la frontera de México. Recordamos y vemos en él al hombre perdido de París, Texas (Wenders, 1984) que quería (re)encontrarse consigo mismo, y que ahora, en la senectud de su vida, hace una actuación de libro, de “método” (y más allá del método), abriendo su vestidura actoral en canal para entregársela como último tributo al espectador.