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Lulú on the bridge

La magia de Auster con pies de barro

En Lulú on the bridge un saxofonista recibe un disparo en el pecho cuando toca en un club neoyorquino. Los médicos consiguen salvar su vida, pero sus pulmones agujereados le dejan inútil para la música. El azar, una vez más el azar, hace combustión con el talento de Paul Auster para modelar historias de personajes que despiertan de un letargo para vivir una historia digna de ser contada, la única realmente digna: la aparición del amor.

Para contarla, Auster consuma en esta película su desembarco en el cine. Novelista consagrado, guionista sobresaliente, el autor norteamericano ha decidido por fin ponerse detrás de las cámaras. Y aunque su trabajo resulta en líneas generales solvente, a veces deja un regusto empalagoso, sobre todo en las escenas de amor eterno y almibarado entre los protagonistas, núcleo de la historia.

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La pareja de actores principales tampoco ayudan en este sentido. Harvey Keitel, actor de indiscutible capacidad, aparece un tanto desbocado, suelto de la mano del director, que se ceba en primerísimos planos de sus arrugas y lamentos. Por su parte, Sorvino no termina de convencer en su papel de cándida camarera neoyorquina con un toque de misterio europeo que no consigue (el puesto era para Juliette Binoche, que desgraciadamente lo rechazó).

Sin embargo, la inquietud que crean las historias de Auster salta con garbo sobre los diversos obstáculos de la película. El saxofonista encuentra una piedra maravillosa, que brilla en la oscuridad de su cuarto de solitario. Junto a la piedra descubre un papel, a través del cual conoce a una camarera y a través de ella, el amor, hasta ahora inexistente en su vida, donde sólo había lugar para la música. Pero los efectos benéficos desencadenados por la piedra palidecen ante la llegada de unos extraños personajes, liderados por un colosal Willem Dafoe, que quieren la piedra a toda costa. ¿Qué poder tiene el misterioso objeto? ¿Quiénes son los malvados que no vacilan en arrasar la felicidad de la pareja? Con su astucia de buen narrador, Auster no desvela las interrogantes, y la complejidad de la película se acentúa por momentos, disparándose la diversidad de niveles de interpretación. Con el cerebro resoplando ante lo que ve crecer en la pantalla, el espectador asiste a un final sobrecogedor.

Todas las pegas de esta desigual película se disuelven en el silencio interior que crean unas secuencias magistrales. Se encienden las luces y surgen las interpretaciones, especulaciones,… Auster ha vuelto a conseguirlo. Ha inoculado en un puñado de personas la magia de sus historias.

Ángel Peña