Lutero

Dirección: Eric Till Guión: Camille Thomasson, Bart Gavigan Fotografía: Robert Fraisse Montaje: Clive Barret Música: Richard Harvey Intérpretes: Joseph Fiennes, Alfred Molina, Bruno Ganz, Peter Ustinov, Jonathan Firth, Claire Cox, Benjamin Sadler, Jochen Horst, Uwe Ochsenknecht Distribuidora: Karma

Alemania, 2003. Estreno en España: 16.12.2005

Alemania, 1517

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Superproducción alemana (21 millones de euros) en lengua inglesa, rodada en Alemania, República Checa e Italia. Dirige un inglés de 76 años, veterano realizador de TV afincado en Canadá, que ya estuvo al frente de una película sobre el pastor evangélico Dietrich Bonhoeffeer, ahorcado por los nazis en 1945 acusado de haber participado en un atentado contra Hitler.

Este retrato cinematográfico de Martin Lu­tero (Eisleben, Alemania, 1483-1556) responde plenamente a la percepción del personaje y de su obra que tienen sus seguidores, hasta el punto de que la película se puede ver como una suerte de biopic oficial, como se­ñaló en su momento el Hollywood Reporter. Thrivent Financial for Lutherans, una entidad financiera estadounidense creada para ayudar a las iglesias y familias luteranas, ha aportado la mitad del presupuesto. Por su parte, la Iglesia Evangélica alemana ha contribuido decididamente a la distribución de la cinta, que se ha podido ver en 200 salas, con 2,5 millones de espectadores alemanes que dejaron en taquilla cerca de 20 millones de euros.

La cinta cuenta con un cuidado diseño de producción del alemán Rolf Zehetbauer (La historia interminable, El submarino, La ansiedad de Veronica Voos). La excelente fotogra­fía es del responsable de Ronin, Siete años en el Tibet o Enemigo a las puertas. El montador -que trabajó para el irlandés Jim Sheridan en The boxer– imprime a la película un ritmo bas­tante ameno, aunque salte a la vista que la tentación de la miniserie televisiva estuvo muy cerca, por una disposición de conflictos y detonantes que dan lugar a escenas muy breves y escasamente hiladas, características del lenguaje de la ficción dramática televisiva. El vestuario y la puesta en escena  tienen una calidad evidente.

En la parcela interpretativa, el papel de Lu­tero se ha encomendado al inglés Joseph Fiennes (Shakespeare in love, Enemigo a las puertas), un buen actor con escaso parecido físico con el monje alemán si tenemos en cuenta los retratos de Lucas Cranach y Hans Holbein el Joven, y las descripciones que nos han llegado del corpulento clérigo. El carácter tumultuoso y apasionado de Lu­tero, sus es­crúpulos, su agilidad verbal, su mal genio y el tono mordaz y ocasionalmente procaz de sus diatribas, aparecen en la película pero en sordina, de forma que en la vida de Lutero parece existir mucho más equilibrio del que parece que hubo. Peter Ustinov repite sus habituales tics “nerónicos” en una caracterización poco sutil del Príncipe Elec­tor de Sajonia, protector de Lutero. Algo parecido se puede decir de Alfred Molina en su interpretación de Tetzel, el predicador de indulgencias, un personaje verdaderamente repulsivo. Bruno Ganz encarna con solvencia a Von Staupitz, el superior agustino y director espiritual de Lutero, que le anima a no ver sólo lo negativo y a reparar en lo positivo de una Iglesia siempre necesitada de purificación. El emperador Carlos y el Carde­nal Aleandro no salen muy bien parados, de forma que un espectador inteligente duda razonablemente de que fuesen así de obtusos. La cosa llega a ser ridícula en la caricatura satírica del Papa León X.

Pero es el fondo, en las opciones narrativas del necesariamente selectivo guión, donde hay más y mayores sorpresas. La película no consigue trasladar al espectador la evolución del personaje, los motivos que impulsan su conducta, las causas de una personalidad tremendamente escrupulosa que se aterra ante la cercanía de lo sobrenatural. Entre las omisiones, la que se lleva la palma es la del largo y trascendental debate mantenido por Lu­te­ro con el teólogo Johannes Eck en Leip­zig, entre los días 27 de junio y 16 de julio de 1519.

No resulta convincente la explicación del productor de que no querían complicar una película ya compleja de por sí, especialmente para el público no versado en la materia. Se trata de una omisión que daña y mucho la credibilidad de la película, porque en la Disputa de Leipzig quedaron meridianamente claras las consecuencias del pensamiento de Lutero, hijo de sus atormentadas experiencias religiosas personales y de una formación teológica marcadamente occamista.

En cualquier caso, una película interesante que invita a profundizar en la vida y el mensaje de Lutero.

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor