Maravillosa familia de Tokio: El universo del hogar

Maravillosa familia de Tokio (2016) es el título español de una «deliciosa come­dia de Yoji Yamada«, según los rótulos con que se ha comercializado en nuestro país. La carátula del DVD presenta una foto en color con los ocho per­sonajes que integran esta «maravillosa familia»: abuelos, padres… faltan los dos nie­tos para redondear el clan de tres generaciones que deleitará al espectador con sus aven­turas, más o menos protagónicas. Como pie de foto, una frase que resume el argumento del filme: «la abuela quiere un único regalo de cumpleaños: el divorcio». No destripa nada porque ya en una de las primeras secuencias salta la sorpresa: la matriarca ha rellenado su papel de divorcio y lo plantea ante el estupor del clan, como un mereci­do regalo a su dedicación de toda una vida.

Yamada (Osaka, 1931) es un director más que consagrado tanto en su país, como a ni­vel internacional: una larga y fructífera vida en torno al cine cuajó en múltiples premios a su cuidada filmografía de casi ochenta títulos (más de 40 nucleados en torno a la saga de Tora-san, la trilogía del samurái y algunos dramas posteriores) que, en los úl­timos años parece retornar a dos ejes: el homenaje a maestros como Ozu y el tema de la familia.

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Se ha escrito mucho sobre la importancia de la familia en el cine oriental, incluso por mi parte, al examinar uno de los últimos filmes de Kore-Eda (Nuestra hermana pequeña), en el libro coordinado por Alberto Fijo bajo el título Cine Pensado 2016. Puede entonces darse por supuesta toda una tradición con la que enlaza el cine de Yamada y que se está intensificando en la década actual: Ve­rano de una familia de Tokio (2017), Maravillosa familia de Tokio (2016), La casa del te­jado ro­jo (2014) y Una familia de Tokio (2013).

Esta última es un «respetuoso remake» ho­me­na­je en el cincuenta aniversario de Tokyo Monogatari (Ozu, 1953), lanzada en España co­mo Cuentos de Tokio y ganadora de la Espiga de Oro en la 58 Semana Internacional de cine de Valladolid (2013). En la película de 2016 que vamos a comentar, también hay un homenaje explícito a Ozu: el viejo protagonista está visionando el final de Cuentos de Tokio, donde el viudo da las gracias a su nuera por haber permanecido a su lado. Aho­ra, en una nueva reescritura del final, la mujer elegirá permanecer fiel, jun­to al vie­jo cascarrabias con el que comparte la vida hace más de cuarenta y cinco años. No sin antes recibir una implícita declaración de amor… Pero no adelantemos acontecimientos.

La devoción por Ozu no es excepcional. El pasado 2017 Cuentos de Tokio fue elegida co­mo la mejor película de la historia por la revista Sight & Sound. Este tipo de cuestiones sue­len ser más que discutibles, pero la nómina de directores que participaron en la elec­ción no lo es: Woody Allen, Sam Mendes, Tarantino, Oliveira, Scorsese, Branagh, Co­ppo­la, Kore-Eda, Bayona, Agnieszka Holland, Guillermo del ToroKore-Eda ya le había de­dicado su particular homenaje en Still Walking (2008).

Una comedia que pudo ser tragedia

El tono, junto al foco de la cámara desde el que se cuenta y filma, es más que central en un relato escrito o cinematográfico. Aquí y frente a lo que el tema implica (la trage­dia de un divorcio que pudiera producir un cataclismo familiar), se ha optado por el to­no ligero, humorístico e irónico de la comedia. Tal vez porque el mundo cultural japo­nés se ha occidentalizado de tal modo que el divorcio se contempla como una posibili­dad.

Aún así, en una familia tradicional, suele implicar un drama y en este filme, cuan­do la sorpresa estalla, la familia se tambalea. El mensaje parece estar en boca del hi­jo pequeño a punto de casarse, cuando en una conversación casual con el padre le ad­vierte que las disonancias matrimoniales deben arreglarse día a día. No en vano es mú­sico y el espectador lo ve afinando pianos, labor con que se gana la vida. Y añade: «tra­ta bien a mamá», algo que en la filmografía oriental era impensable, la mujer valía muy poco ante los ojos masculinos.

Yamada había recalado en el drama en la trilogía sobre el samurái, describiendo melancólicamente cómo sus valores ya no tienen cabida en el mundo contemporáneo. También había dirigido los dramas Kabei: nuestra madre (2008) y Ototo (2010). En esta trayectoria volvió a reescribir Ozu en Una familia de Tokio, siempre desde el tono serio, con ribetes melancólicos y fondo trágico. Los ancianos que llegan desde el campo a la ca­pital para visitar a los hijos descubren que, de hecho, son un estorbo para la vida ace­lerada de su familia en la gran urbe en que se sienten perdidos. Lo suyo es una tragedia, su tiempo desapareció; ese pasado, vivido con lentitud campesina que el director re­fleja en un ritmo lento y dilatado metraje.

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Cine Pensado 2017El estudio crítico completo de esta película se encuentra en el libro Cine Pensado 2017, que puedes adquirir en este enlace:

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