Melinda y Melinda

Allen ba­sa su última película en el relativismo de la creación literaria, que es necesariamente reflejo de un relativismo epistemológico general.

Melinda

Dirección y Guión: Woody Allen Producción: Letty Aronson Fotografía: Vilmos Zsigmond Montaje: Alisa Lepselter Intérpretes: Will Ferrell, Vinessa Shaw, Amanda Peet, Chiwetel Ejiofor, Radha Mitchell, Chloë Sevigny  Distribuidora: Fox

EE.UU., 2004. Estreno en España: 16.09.2004

Taller de escritura

Como un reloj que anun­cia el otoño nos llega la película septembrina de Woody Allen. Co­mo si de un rito ancestral se tra­tara, volvemos a encontrar los mis­mos títulos de crédito de siempre, el mismo “Jazz New Orleans”, los mismos 90 minutos, el mismo productor… y un largo etcétera que incluye el elenco de temas y obsesiones recurrentes del cineasta neoyorkino.

Allen ba­sa su última película en el relativismo de la creación literaria, que es necesariamente reflejo de un relativismo epistemológico general. Un mis­mo hecho puede ser narrado desde una óptica que prime lo trágico, o des­de otra que ponga de relieve lo cómico. Am­bos in­gredientes están mezclados en la vi­da, pero una perspectiva parece conducir al pe­­simismo y la otra puede llegar a ser cínica, co­mo, en realidad, la actitud que últimamente adopta Woo­dy Allen.

Unos amigos escritores han quedado para ce­nar. Un comensal cuenta una historieta protagonizada por una mujer desarraigada llamada Melinda. Uno de los escritores hará una lec­tura trágica y existencial de los hechos pro­­puestos, y otro los planteará en términos de comedia. La película, a partir de ese momento, discurre en montaje paralelo presentando alternativamente los dos tratamientos apa­rentemente antagónicos.

Radha Mitchell, en un reto interpretativo na­da desdeñable, escenifica a las dos Melin­das, la divertida y la depresiva. Es muy curiosa la diferente puesta en escena empleada para cada fragmento del relato, opuestas hasta en la partitura. En el reparto destaca la belleza de Aman­­­­da Peet, la vis cómica de Will Ferrell, y vemos repetirse casi al completo el cásting de la última obra de Louis Ma­lle, Va­nia en la calle 42. Sin llegar a la altura de las grandes películas de Allen, es una obra acep­table, bien construida y a­me­na; eso sí, rezumante -sobre todo en su final- de un amar­go nihilismo que refleja la decadencia del que fue un gran cineasta.