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Memorias de una geisha

Dirección: Rob Marshall Guión: Robin Swicord, sobre la novela de Arthur Golden Fotografía: Dion Beebe Montaje: Pietro Scalia Música: John Williams Intérpretes: Zhang Ziyi, Gong Li, Kaori Momoi, Ken Watanabe, Kenneth Tsang, Koji Yakusho, Mako, Michelle Yeoh, Tsai Chin, Yuki Kudoh Distribuidora: Sony

EE.UU., 2005. Estreno en España: 20.01.2006

Memorias americanas

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Envuelta en la polémica por el boicot chino y en la expectación por la ceremonia de los Oscar, se estrena en España la superproducción estadounidense Memorias de una geisha.

Adaptación del best-seller de Arthur Golden -traducido a 32 idiomas-, el proyecto quedó estancado por mucho tiempo y poco o nada se sabía sobre la participación en él de Steven Spielberg. Si en un principio se apuntó a su intervención en la adaptación en calidad de director, finalmente cedió el puesto a Rob Marshall -responsable del oscarizado musical Chicago-, y él se mantuvo en la sombra como productor.

Con todo, la polémica siguió su curso con la elección de una actriz china para encarnar a una joven japonesa, germen del desagrado chino por las últimas tensiones con el País del Sol Naciente. Resulta chocante que los reproches vengan sólo por el nombramiento de Ziyi Zhang (La casa de las dagas voladoras, 2004), y no se haya hecho mención a la participación de otras actrices no japonesas como Gong Li (2046, 2004) o Michelle Yeoh (Tigre y dragón, 2000), diluyendo las fronteras del escándalo y los indicios del márketing.

Ante tamañas expectativas Marshall es el encargado de dar forma a una fábula -a priori- japonesa sujeta a los patrones de la industria hollywoodiense. El resultado es una película de casi dos horas y media empeñada en emular la narrativa y el tempo dilatados del que hacen alarde los maestros nipones, para lograr una frágil copia que se resquebraja en sus pretensiones. Memorias de una geisha se manifiesta impecable en su ejecución plástica y técnica: el preciosismo de la fotografía -a cargo de Dion Beebe (Chicago, 2002)- invade cada fotograma, y la belleza de las actrices es sublimada por la elección de vestuario y de la dirección artística. Sin embargo, el filme queda muy lejos de mostrar el mono no aware -la belleza y la tristeza ante el tiempo que trascurre-, ese sentimiento tan caro para los japoneses y tan inhóspito para los occidentales.

De esta incapacidad de retratar ese mundo oculto entre las sombras surge la tentación de la introducción de una voz en off, de un narrador, que da forma y sentimiento a lo que no se ha sabido expresar a través de la imagen, desdeñando las altas calidades interpretativas y la fuerza del selecto elenco de actores. Todos los engranajes quedan supeditados a dar primacía al drama y a la historia de amor, vinculando la obra con clásicos americanos como Sayonara (1957), de Joshua Logan.

La gran traba de Memorias de una geisha arrastra desde la premisa desplegada en el arranque, plasmada en el azul marino del iris de la protagonista. Sus ojos, símbolo de su fuerza espiritual, son metáfora del agua que vence al fuego, a la tierra e incluso al hierro, que triunfa ante la adversidad. Sin embargo, los avatares de la vida de la geisha se empeñan en demostrar que no es su fortaleza, sino los cambios del azar y los factores externos, los que cambian su rumbo y su vida, y no tanto su lucha personal por romper las reglas de un mundo encorsetado en belleza y metros de seda. Es en este punto en el que el guión de Robin Swicord (Prácticamente ma­gia, 1998) flaquea, aunque no dudamos de la debilidad inicial de la obra de Golden. El problema ya no es sólo la exposición de los hechos de una cultura tan lejana desde la mirada de un foráneo, sino la pretensión de hacer pasar por trágica -por dramática- una visión muy edulcorada -y con su correspondiente happy end- de la vida de unas mujeres que no eran poseedoras de su vida ni de su destino, y que en la mayoría de los casos se veían impelidas a la prostitución cuando la vida de geisha tocaba a su fin.

Si la debilidad de la película procede del libreto, su gran baza va unida a la fuerza y elegancia de las actrices que dan vida a las protagonistas. La bellísima Ziyi Zhang -aunque no tan bella como la han retratado Wong Kar Wai o Zhang Yimou– presta su fragilidad y su elegancia al personaje central de la geisha Yukari. No obstante, su interpretación pierde fuerza ante las de las excelentes Gong Li y Michelle Yeoh, que encarnan unos personajes mejor perfilados y con unas personalidades más poderosas y atractivas. La réplica masculina viene de la mano de unos mag­níficos y discretos Ken Watanabe (El último samurái, 2003) y Koji Yakusho (Agua tibia bajo puente rojo, 2001).

La gran proeza de Memorias de una geisha para los ojos occidentales es la ajustada puesta en escena del frágil y poderoso mundo de las geishas, de sus luchas de poder y las altas exigencias a las que se veían sujetas, de la prohibición de amar. La geisha es la creadora suprema del arte, la artífice de ese mundo flotante que llegó a oídos de Occi­den­te de la mano del ukiyo-e -la estampa japonesa fuente inspiradora del movimiento impresionista que comenzaba en Francia en el siglo XIX-, y que hoy sigue siendo tan fascinante como misteriosa.

Laura Montero Plata
Laura Montero Plata
Doctora en Historia del Cine, Animación Japonesa y Cines de Asia Oriental