Mi gran boda griega: Humor transversal

Mi gran boda griega | Es cierto que la propaganda USA suele usar (valga la redunda fónica) ese anzuelo en el que dice que en EE.UU. la película está teniendo un éxito de público tan grande que nunca se había visto nada igual. Bueno… ¿Por qué ese éxito, si lo es?

Aparentemente, la película escrita y protagonizada por la canadiense Nia Vardalos (Winnipeg, 1962) es muy igual a otras recientes sobre familias y colonias orientales afincadas en Gran Bretaña o en EE.UU. ¿Cuál es la diferencia? Tal vez lo distinto sea que -cuenta la película- es la primera vez que en Chicago (o quizá en toda Norteamérica) una griega se case con un no-griego. El novio (un norteamericano autóctono) se tiene que bautizar en la fe ortodoxa griega para poder casarse. Aunque él y ella se declaren «nada religiosos», para la gran familia griega un matrimonio por la iglesia es decisivo.

Lo distinto tal vez sea que se muestre -en varias situaciones graciosas y bien construidas- que son las mujeres las que mandan, engañando al mismo tiempo a los hombres haciéndoles creer que son ellos. Ellas mandan con gracia femenina sin necesidad de enfadarse ni de llegar a ser una loba esteparia feminista.

Otra cosa distinta es que ella, la griega, es el patito feo (mejor, la patita fea) de la familia, y de la tribu. Los demás dicen que es fea y hasta ella misma lo dice, y vive una vida rutinaria, arrastrando los pies. Hasta que le ve, ¡a él! , y se esfuerza por cambiar, etc., etc., y lo logra, y él también se enamora de ella. ¡Y se casan!

Ficha Técnica

  • País: EE.UU. (My Big Fat Greek Wedding, 2002)
  • Fotografía: Jeffery Jur
  • Montaje: Mia Goldman
  • Música: Chris Wilson, Xandy Janko
  • Distribuidora: Aurum
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Reseña
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Crítico de cine, poeta, escritor y traductor