Mi Napoleón: Y si…

Uno de los recursos favoritos de la ficción consiste en incorporar elementos nuevos a una historia que la gente conoce. Normalmente con objeto de provocar una reacción en el público, al modificar un detalle conocido. Otras veces se genera una historia completamente nueva si el autor explota las posibilidades que sugiere la pregunta de ¿qué pasaría si …? Tal es el planteamiento de la novela de Simon Leys The death of Napoleón que ahora aparece en pantalla con el nombre castellano de Mi Napoleón. El punto de partida es simple: Napoleón no murió en Santa Helena en 1821.

Los incondicionales del emperador concibieron un arriesgado plan para devolverle el trono; mientras ellos distraían a los ingleses con un doble (en este caso un don nadie llamado Eugene Lenormand), el auténtico Bonaparte se introduciría en París. Luego Lenormand revelaría su identidad y Napoleón recuperaría el imperio. No hace falta decir que las cosas no salen como estaba previsto -en ello radica la belleza de las ficciones históricas- para no alterar los hechos que cuentan los libros de historia.

Llama la atención, en una época en la que el humor duda entre ser zafio o ser sucio, que los británicos nos ofrezcan una comedia inteligente y elegante. Es muy fácil hacer humor grueso a costa de Napoleón. El mérito está en tratar este tema con clase, con gracia, sin amargura. Napoleón en Santa Helena es ridículo porque se empeña en mantener sus aires de grandeza cuando su reino se reduce a un islote perdido en el océano; porque se empeña en vivir de recuerdos que son, en muchos casos, imaginarios; porque ha perdido el sentido de la realidad y cree que puede recuperar Francia con un discurso. La primera burla descarada la provoca él mismo, cuando le presentan a su doble, un hombre idéntico a él, y dice a su ayudante: «Esto no puede salir bien, no se parece en nada a mí». Durante el viaje hace trampas en el juego a la única persona que le trata bien y le ayuda. Una breve parada en Waterloo es deliciosamente dramática y está llena de suave humor, mientras que la llegada a Francia será precedida de una escena genialmente ridícula.

Cabe destacar la interpretación de Ian Holm, que además de un cierto parecido con Napoleón, ha encarnado en otras ocasiones al emperador francés. En cuanto a la dirección, basta fijarse en la secuencia del amanecer a bordo del barco que le lleva a Europa para darse cuenta de que estamos ante un director que puede dar que hablar.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Alessio Gelsini Torresi
  • Montaje: Masahiro Hirakubo
  • Música: Rachel Portman
  • País: Reino Unido
  • Año:  2003
  • Distribuidora: Alta Films
Reseña
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Fernando Gil-Delgado
Historiador y filólogo. Miembro del Círculo de Escritores Cinematográficos. Ha estudiado las relaciones entre cine y literatura. Es autor de “Introducción a Shakespeare a través del cine” y coautor de una decena de libros sobre cine.